Robert Harrison: "Al Mundial vamos por lo más alto"
Cuando Robert Harrison asumió la presidencia de la Asociación Paraguaya de Fútbol (APF) en medio de la turbulencia posterior al escándalo del FIFA Gate, encontró una institución debilitada, financieramente asfixiada y moralmente golpeada. "Vi una oportunidad para hacer cambios significativos", recuerda hoy, con la serenidad de quien sabe que aquellos años de incertidumbre marcaron el renacimiento de una institución que aprendió a reinventarse.
Su gestión, iniciada de forma interina y luego legitimada en sucesivas elecciones, ha sido una combinación de pragmatismo empresarial y sensibilidad deportiva. Harrison trajo a la APF una lógica corporativa - planificación estratégica, control financiero, optimización de contratos -, pero sin olvidar que el fútbol se mueve con un ingrediente que no figura en los manuales de gestión: la pasión.
"La APF es una empresa, pero existe un condimento que no existe en las empresas: la pasión", afirma. "Y esa pasión te puede llevar a tomar decisiones que no siempre son las mejores."
El primer desafío fue financiero. En 2016, los clubes paraguayos sufrían deudas y una estructura de ingresos precaria. Harrison apostó por renegociar los derechos de televisión. Lo que parecía un objetivo ambicioso - triplicar los ingresos sin extender el contrato existente - se convirtió en el primer gran logro de su mandato. Los 4,6 millones de dólares anuales pasaron a más de 13 millones, dando oxígeno a los clubes y credibilidad a la dirigencia.
Pero la transformación no se limitó al dinero. Harrison reformó el organigrama de la APF, reduciendo el número de dirigentes con poder de decisión y profesionalizando la administración. "Había muchos dirigentes, y cuando hay muchos, los intereses se dispersan", explica. La reforma estatutaria, avalada por FIFA y CONMEBOL, fue un paso decisivo hacia una gestión más técnica y menos política.
El fútbol paraguayo no solo requería orden administrativo, sino también equilibrio emocional. Tras años sin clasificar a un Mundial, las críticas se multiplicaban. "En Paraguay, seis millones de personas opinan de fútbol", dice Harrison con una sonrisa contenida. "Lo importante fue mantener los pies sobre la tierra. Ni antes éramos los peores ni ahora somos los mejores."
Su liderazgo se distingue por la capacidad de "administrar la esperanza". No habla de incertidumbre, sino de mantener viva la fe en los momentos difíciles. "Administrar la esperanza es fundamental cuando los resultados aún no llegan", sostiene, aludiendo al largo proceso de reconstrucción que culminó con la clasificación al Mundial 2026.

Una de las decisiones más trascendentales de su presidencia fue la contratación de Gustavo Alfaro como seleccionador nacional. El técnico argentino, reconocido por su meticulosidad y liderazgo humano, se convirtió en el motor anímico del vestuario.
En una anécdota que Harrison rememora con orgullo, Alfaro pidió quedarse a solas dos horas y media con los jugadores antes de un partido clave ante Brasil. El resultado fue histórico: victoria en el campo de juego y una charla que el capitán Gustavo Gómez calificó como "la mejor de su vida".
"Este grupo no tiene techo", afirma Harrison. "Agarraron confianza. El sueño de clasificar nunca se perdió."
El trabajo conjunto con figuras como Justo Villar, director deportivo, completó el esquema. La fórmula fue clara: clara planificación, fuerte liderazgo y coherencia emocional.
El éxito deportivo vino acompañado de una transformación institucional sin precedentes. La nueva sede de la APF —inspirada en los estándares de FIFA— refleja una ambición de largo plazo: convertir al fútbol paraguayo en una organización moderna, transparente e inclusiva.
Hoy, el 50% del personal son mujeres, y el desarrollo del fútbol femenino ha pasado de ser un proyecto marginal a una prioridad estratégica. "Queríamos dignificar el trabajo y mostrar que la APF representa a un país, no a una hinchada", explica.
Los resultados son tangibles. La venta de camisetas se duplicó en el último año clasificatorio, pasando de 15.000 a más de 30.000 unidades. Bares, tiendas y comercios sintieron el "efecto Albirroja", y el entusiasmo generó un círculo virtuoso de consumo e identidad nacional.

Tras la organización del Mundial de Fútbol Playa 2019, Paraguay comenzó a invertir en infraestructura deportiva de nivel internacional. Harrison impulsó la construcción de un estadio permanente de cemento para el torneo y luego la creación del Centro de Alto Rendimiento (CAR) en el Comité Olímpico Paraguayo: 12 canchas sintéticas, gimnasios, y áreas de entrenamiento que sirven a los clubes de Primera División y a las selecciones juveniles.
Es la base del sueño a largo plazo: "En el fútbol no se puede soñar a largo plazo, pero sí planificar paso a paso", dice. Esa filosofía combina realismo con ambición: escalar hasta el máximo nivel sin perder de vista la humildad del proceso.
Paraguay será uno de los co-anfitriones del Mundial 2030, lo cual traerá consigo una serie de retos. Aun así, Harrison ve este desafío como una oportunidad histórica. Los principales retos involucraría la infraestructura, conectividad y modernización de estadios.
"El Defensores del Chaco y el estadio del Club Olimpia serán parte del proyecto mundialista", adelanta. "La CONMEBOL trabaja en la mejora de 60 estadios en Sudamérica, y Paraguay no será la excepción."
Mientras tanto, la APF ya prepara su despliegue para el Mundial 2026 en Norteamérica, con tres "Casas Albirrojas" en Miami, Nueva York y una tercera itinerante. Serán espacios culturales, de encuentro y promoción del país durante el torneo.
A diferencia de las responsabilidades de un CEO corporativo, en la APF Harrison dirige una organización que moviliza emociones colectivas. La gestión racional convive con la euforia del gol y el desconsuelo de la derrota. "En las empresas uno toma decisiones basadas en resultados. En el fútbol, la pasión cambia todo", reflexiona.
Por eso, el presidente de la APF se define más como un "administrador de pasiones" que como un empresario deportivo. Su liderazgo ha combinado prudencia financiera, visión estratégica y una empatía poco común en el mundo del fútbol.
Y aunque mantiene los pies firmes sobre la tierra, su mirada sigue puesta en el horizonte. "Queremos llegar a lo más alto en el Mundial 2026. Después de la segunda ronda, cualquier cosa puede pasar."
Robert Harrison, el hombre que convirtió a la APF en una organización moderna y solvente, no se limita a administrar resultados: gestiona emociones, reconstruye instituciones y proyecta un sueño nacional.
En el tablero global del fútbol, Paraguay vuelve a jugar su propio partido.