Cuando el dólar deja de ayudar: por qué la competitividad exportadora entra en una nueva etapa
El inicio del nuevo año sorprendió al sector exportador paraguayo con un escenario que pocos anticipaban en esa magnitud. El dólar no solo arrancó más bajo de lo esperado, sino que lo hizo con una corrección abrupta: una caída cercana al 20% en términos nominales y de alrededor del 15% en el tipo de cambio real multilateral en un período muy corto.
Para César Barreto Otazú, economista y exministro de Hacienda, el dato no es menor. Se trata de un ajuste profundo que obliga a repensar estrategias, más que a esperar una reversión que difícilmente llegue.
El movimiento fue demasiado rápido como para absorberlo vía productividad en el corto plazo. “Es mucho para un período tan corto de tiempo; difícilmente las empresas puedan adaptarse o mejorar su productividad lo suficiente como para sostener márgenes razonables”, advierte Barreto.
Sin embargo, el diagnóstico no apunta al colapso, sino a una nueva normalidad cambiaria que exige decisiones más sofisticadas.
A diferencia de otros ciclos, el debilitamiento del dólar no responde solo a factores locales. La tendencia es global y, según Barreto, apunta a extenderse durante 2026 incluso frente a monedas emergentes. El dólar ya no se deprecia únicamente frente a divisas fuertes, sino también frente a economías periféricas que ganaron estabilidad macroeconómica.
A esto se suma un factor clave: la volatilidad. Paraguay opera en un mercado cambiario poco profundo, donde operaciones relativamente pequeñas —del orden de US$ 10 a 12 millones— pueden provocar movimientos bruscos. No se trata de especulación, sino de estructura de mercado. “Te puede tocar justo un día en que el dólar cae 5% y eso impacta de lleno en márgenes que ya son estrechos”, explica.
El desafío, entonces, no es solo convivir con un dólar más bajo, sino con un dólar más imprevisible.

Otro cambio estructural es la ruptura de la estacionalidad clásica. Durante años, el patrón era claro, con un dólar bajo entre febrero y mayo por el ingreso de divisas del complejo sojero, seguido de un repunte hacia el segundo semestre; ese esquema dejó de funcionar.
Hoy, grandes importadores con acceso a financiamiento anticipan compras cuando el dólar está bajo, desplazando la demanda que antes aparecía más tarde. A eso se suman las remesas de utilidades de empresas extranjeras, que en los últimos años ganaron peso y generan presión temprana sobre la demanda de divisas. El resultado es un mercado más plano, menos predecible y más alineado con las tendencias internacionales.
“Ya no vemos un repunte estacional marcado; lo más probable es una cierta estabilidad, siguiendo lo que pase a nivel global”, resume Barreto.
Lejos de ser una señal negativa en sí misma, la fortaleza del guaraní tiene una contracara positiva: el grado de inversión. La mejora en la calificación crediticia redujo el costo financiero del país y despertó interés de fondos internacionales que buscan diversificar portafolios. Para una economía pequeña como la paraguaya, ese flujo tiene impacto inmediato.
Según Barreto, ese ingreso de capitales ya fue una de las principales causas de la caída del dólar a mediados del año pasado y es una tendencia que podría continuar. La decisión del Banco Central del Paraguay de no intervenir agresivamente y minimizar la acumulación de reservas refuerza la señal de que el dólar bajo llegó para quedarse.

En términos de competitividad, Barreto estima que un dólar cercano a Gs. 7.300 permitiría a la mayoría de los sectores exportadores mantener márgenes saludables. No obstante, es claro al señalar que no ve condiciones para un regreso a esos niveles en el corto o mediano plazo.
La conclusión no es resignación, sino adaptación. Algunos sectores, como el cárnico, cuentan con mejores herramientas para absorber el impacto gracias a precios internacionales récord. Pero incluso allí, el economista plantea un ajuste estructural: la dolarización completa de la cadena.
Con cerca del 90% de la faena destinada a exportación, el mercado relevante ya no es el interno. “Si el precio relevante es el internacional, toda la cadena debería operar en dólares”, sostiene. Eso implica no solo ventas y compras, sino también activos, pasivos y endeudamiento, reduciendo la exposición cambiaria y evitando que el riesgo se concentre en un solo eslabón.
El escenario es exigente, pero también ordena incentivos, ya que obliga a revisar esquemas productivos, estructuras de costos y modelos financieros. Los exportadores que logren calzar monedas, dolarizar cadenas y profesionalizar la gestión estarán mejor posicionados para competir en un contexto global más volátil.
“El dólar bajo no es un problema aislado, es parte de un cambio más amplio en la economía mundial”, plantea Barreto. Y en ese cambio, Paraguay aparece como un país atractivo para invertir, con estabilidad macroeconómica y reglas claras.
El desafío para el sector exportador no es esperar que el viento cambie, sino aprender a navegar con las nuevas corrientes. En ese proceso, más que una amenaza, el nuevo escenario cambiario puede convertirse en un catalizador para dar el salto de competitividad que la economía paraguaya viene postergando desde hace años.