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Liderazgo

De la riqueza de las naciones

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Por Milda Rivarola, historiadora y politóloga

21 Junio de 2024 08.36

La inteligencia es una capacidad distribuida en forma normal y aleatoria en cualquier población humana. Siendo innata, no depende del lugar de nacimiento, del sexo o de la etnia de la persona. El grupo con esa capacidad en grado supra-normal (de 115 a 140 de Cociente Intelectual) es un capital humano de potencial extraordinario. Ese rango del cociente, allí donde se lo midió, abarca entre diez y quince personas, de cada centenar. Un bien tanto más valioso, porque escaso.

Este don excepcional sufre ya desde la infancia los primeros deterioros. Porque no es estimulado en hogares sin recursos humanos o materiales, o es desgastado en espacios de formación mediocre. Las sociedades aquejadas de alta desigualdad destruyen más precozmente este capital que aquellas desarrolladas, donde el sistema educativo aún juega cierto rol “igualador”.

Aquí el desperdicio es doble: se pierden desde el inicio esos miles de niños y adolescentes arrojados a una educación pobre que anula sus capacidades extraordinarias, mientras se dirigen los mejores recursos a la educación privada de élite, que podría ser aprovechada -curva de Gauss mediante- por apenas un 15% de su matrícula. 

Venciendo esos obstáculos - porque recibieron buena educación, o en su defecto, a la inteligencia no destruida se sumó la terca voluntad de aprender- diez de cada cien bachilleres inician estudios universitarios. El término bélico diezmar impera también en las facultades, donde sólo uno de estos diez ingresantes terminará su carrera de grado.

Milda Rivarola, historiadora y politóloga.
Milda Rivarola, historiadora y politóloga.

Desde el 2012, con FONACIDE y BECAL, el estado envió unos 3.150 graduados -hombres y mujeres- a especializarse en las mejores universidades mundiales. El capital ganado es hoy de 1.700 jóvenes, que retornaron con sus master o doctorados. La receta ya había sido probada exitosamente, desde la década del '60, por los “Tigres Asiáticos”. Careciendo aún de buenas universidades, enviaron decenas de miles de jóvenes a las de Estados Unidos o Europa. Y evitaron la fuga de cerebros asegurándoles buenos empleos al volver.

Obviamente, esa chance no fue aquí “para todos”: a las brechas anteriores de rendimiento escolar, se sumaban las de los altos costos de estadía y matrículas universitarias del Primer Mundo. Pero fue un notable avance, una primera inversión pública -bien redituable, a largo plazo- en el escaso capital humano del país.

Pero las políticas de Estado difícilmente perduran en Paraguay. Reducción de fondos mediante, y priorizando cantidad sobre calidad, el actual giro de BECAL hacia posgrados locales corroe radicalmente su objetivo inicial. La era de la globalización -es decir, el presente y el futuro del mundo- está anclada en el conocimiento, por lo que resulta absurdo desperdiciar nuevamente ese capital. Frustrar el crecimiento de esa riqueza.

Si el estado es renuente a seguir invirtiendo en capacidades excepcionales, el sector privado debe tomar la posta. El crecimiento económico sostenido del país puede orientarse a calificar sus mejores recursos locales, con un Fondo educativo privado. Que salve, además, las falencias de los programas estatales, detectando desde la primera infancia niños y niñas dotados de mejores capacidades. Financiando escuelas y colegios de alto nivel, y luego becas de grado locales, de modo a desarrollar cognitivamente las escasas brilliants minds.

Y becando después, a centros del Primer Mundo, a quienes lograron buen rendimiento. Convenios con las Universidades Nacionales -en ciencias físico-matemáticas y de salud, aún excelentes- permitirían a estos posgraduados enseñar a su retorno las especialidades aprendidas, como mecanismo de retribución. Sumándose así, en círculo virtuoso, a construir una sociedad del conocimiento y de la tecnología, con la mirada puesta al futuro.

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