No siempre el problema es hacer demasiado. A veces, la rutina, la falta de desafío y la ausencia de propósito apagan la motivación incluso cuando la agenda parece manejable.
La automatización prometía alivio, pero en muchas empresas se convirtió en una trampa invisible: empleados exigidos al límite, jefes ausentes y una rutina que desgasta más de lo que produce.