Paraguay puede llegar a 15 millones de toneladas de soja si cierra la brecha tecnológica
La última campaña agrícola paraguaya dejó una señal que pocos anticipaban a comienzos del ciclo. Tras atravesar 45 días consecutivos de sequía y temperaturas elevadas, el impacto final fue menor al que se temía inicialmente. La soja, principal cultivo del país, sintió el golpe, pero logró recuperarse con la llegada tardía de las lluvias.
Desde la mirada sectorial, la agroindustria volvió a demostrar su capacidad de resiliencia. Como resume Hernán Passini, Presidente & CEO de Bayer Paraguay y Bolivia, se trata de una actividad “totalmente a cielo abierto”, donde el clima impone límites claros, pero no anula la posibilidad de gestión.
La recuperación posterior permitió cerrar la campaña “relativamente bien” a nivel país, aunque con realidades muy dispares entre zonas y productores.
En la soja de segunda, los números ofrecieron una lectura más profunda que la simple comparación interanual. Los precios, que habían arrancado más débiles, se recompusieron con la reactivación de la demanda china, mientras que la productividad promedio alcanzó los 2.830 kilos por hectárea.
Lejos de celebrarlo como un techo, Passini lo interpreta como una señal clara de oportunidad. Se trata, explica, de un promedio típico de la última década, lo que evidencia que el margen de mejora sigue intacto.
Al analizar las diferencias entre zonas, tecnologías y esquemas productivos, aparece una brecha relevante: en las mejores experiencias, los rendimientos muestran que es posible producir hasta 2.000 kilos más por hectárea.
Esa diferencia no es teórica. “Es realizable y se demuestra en el día a día”, sostiene el ejecutivo, convencido de que Paraguay puede avanzar hacia la meta de 15 millones de toneladas de soja que la Cámara Paraguaya de Exportadores y Comercializadores de Cereales y Oleaginosas viene planteando desde hace años.
El desafío está en capturar esa brecha en un marco donde el clima seguirá siendo una variable no controlable, aunque sí manejable con mejores decisiones agronómicas y tecnológicas.

Toda discusión regional termina, inevitablemente, comparándose con Brasil. Pero Passini propone cambiar el ángulo del análisis. Recuerda una frase que sintetiza la escala del vecino país: Brasil crece en soja un Paraguay por año.
Ese crecimiento, aclara, se explica en gran medida por la incorporación continua de nuevas áreas productivas, una posibilidad que Paraguay no tiene en la misma magnitud.
La conclusión es clara: competir por expansión territorial no es una opción realista. La verdadera competencia se juega en productividad y eficiencia. Con una superficie agrícola prácticamente estable, Paraguay necesita producir más en la misma área, y eso solo es posible mediante una adopción más profunda de tecnología.
En ese punto, Passini destaca que el productor paraguayo ya dio pasos importantes y muestra un perfil innovador. Sin embargo, advierte que lo que viene será diferente en escala y complejidad.
El próximo salto no pasa por sumar una herramienta aislada, sino por una transformación más amplia: pasar de productor innovador a empresario con mentalidad digital, capaz de integrar múltiples tecnologías para ganar eficiencia sistémica.

Si la soja sigue siendo el pilar del agro paraguayo, el maíz empieza a ganar un protagonismo que trasciende lo coyuntural. La última safriña marcó un récord histórico, con rendimientos que pasaron de 5.700 a 6.700 kilos por hectárea en promedio, y picos de 11.000 a 12.000 kilos en híbridos de alta performance.
Pero el cambio va más allá del rendimiento. La demanda creciente de maíz para biocombustibles está reconfigurando el mercado regional. En Brasil, la expansión del etanol genera desabastecimientos puntuales para consumo animal, abriendo una oportunidad concreta para Paraguay como proveedor. A nivel local, los anuncios de nuevas plantas de etanol empiezan a construir una demanda más estable y previsible.
Esa estabilidad tiene implicancias estratégicas. Al tratarse de industrias que demandan maíz de forma continua, se genera una base de precios menos dependiente de la ventana exportadora.
Además, el cultivo aporta beneficios agronómicos de alta importancia: en rotación con soja, mejora la estructura del suelo y reduce los riesgos de sistemas intensivos, alineándose con prácticas de agricultura regenerativa.
El avance del maíz también está mostrando un impacto social tangible. Programas de incorporación de biotecnología permitieron que pequeños productores pasaran de 800 a 3.600 kilos por hectárea, integrándose de forma competitiva a la cadena agroindustrial.
Para Passini, ese salto redefine el rol del pequeño productor, que deja de estar aislado para convertirse en un actor funcional del sistema productivo.
Tras la última campaña, la productividad dejó de ser una variable exclusivamente técnica para convertirse en una cuestión estratégica. El futuro del agro paraguayo se jugará en su capacidad de integrar tecnología y construir modelos productivos más eficientes y sostenibles.