125 años de historia: El chairman de Luigi Bosca revela la receta para un gran vino
Belén Cuevas Trinidad Editora de Forbes Women Paraguay
Belén Cuevas Trinidad Editora de Forbes Women Paraguay
El rojo que corre por las venas de Alberto Arizu tiene mucho más que ver con una herencia marcada por el malbec que con las bases científicas de la genética. Forma parte de la cuarta generación de una familia llegada a esta región del mundo desde el norte de España, a fines del siglo XIX. Hoy por hoy, Alberto preside Luigi Bosca con la misma determinación de su bisabuelo.
Cuando se le pregunta qué significa el vino, la respuesta no puede ser menos que una declaración íntima y personal de su propia biografía. "En mi familia producimos vinos desde hace 125 años. Mi bisabuelo fue viticultor, mi abuelo fue viticultor, mi padre ha sido un gran viticultor y a mí me ha tocado seguir con este oficio que abracé desde el día uno", comienza con énfasis Arizu.

Su primer contacto sensorial con el vino fue casi medicinal. Resulta que su pediatra recomendaba incorporar gotas de vino al agua desde los seis años, aumentando la dosis cada temporada. "El pH del vino es muy parecido al del cuerpo. Es un enorme digestivo, una bebida maravillosa que en Europa fue siempre considerada alimento", recuerda. Así, sin advertirlo, el vino se instaló en él como lengua materna y código de familia.
"Siempre el vino es algo que nos une a todos, en cualquier conversación, en cualquier ámbito. Eso es maravilloso.”
La receta del siglo es, según Arizu, más filosófica que técnica. "Lo más importante ha sido la constancia, la consistencia, la disciplina y la determinación de buscar la excelencia en todo lo que hacemos", afirma. Su bisabuelo eligió Mendoza, un desierto donde apenas el tres por ciento del territorio es productivo, porque se asemejaba a su tierra natal. Esa intuición fundacional y esa vocación por la excelencia siguen resonando en cada cosecha.

Construir la reputación del vino argentino fue una cruzada que Arizu lideró con veintisiete años. En 1993, tras estudiar el auge de Napa Valley en California, convenció a ocho bodegas y fundaron Wines of Argentina. "Argentina en 1995 registró 25 millones de dólares en exportaciones. En 2010 había alcanzado 1.000 millones", recuerda. Fue el crecimiento interanual más alto en la historia del negocio vitivinícola, logrado desde la nada y contra la adversidad económica.
“En la Cordillera de los Andes, específicamente en Mendoza, el vino a más de mil metros de altura, con casi 260 días de sol por año, alargaba su ciclo madurativo, lograba que su madurez se extendiera y y aparecía un vino con una calidad y con una concentración y con una fuerza, pero delicadeza al mismo tiempo, una elegancia por sus taninos redondos, que lo hacía totalmente único en el mundo.”
El mercado que más lo forjó fue el Reino Unido. En la London Wine Fair de 1993, un comprador le preguntó si la capital de Argentina era Río de Janeiro. "Ni siquiera había llevado un mapa. Daba por entendido que el mundo conocía a Argentina como referencia vitivinícola", recuerda. Diez años después, el Malbec de Luigi Bosca era el vino estrella del comedor del Parlamento británico.

El galardón de Wine Enthusiast como Mejor Bodega del Mundo llegó justo en el 125 aniversario de Luigi Bosca. "Subimos a recibir el premio tres generaciones: mi padre, yo y una de mis hijas. Muy pocas bodegas en el mundo pueden mostrar tres generaciones activas en un reconocimiento de esta magnitud", señala Arizu. La foto simbólica, sin embargo, fue la del equipo completo, porque según él "la diferencia real la hace la gente."
“Lo más lindo es que es un premio de toda la bodega, de todos los equipos técnicos, en la foto del premio sale todo nuestro equipo, toda la gente que trabaja en la viña, en la bodega, nuestros equipos comerciales, financieros, etc.”
La historia del Malbec es una novela con final feliz. Devastada en Francia por la filoxera en el siglo XIX, la variedad pre-filoxera que llegó a Argentina hacia 1850 encontró en Mendoza su terroir ideal: mil metros de altura y 260 días de sol al año. "Aparecía un vino con calidad, concentración y fuerza, pero con delicadeza y elegancia en sus taninos, totalmente único en el mundo", describe Arizu.

Su padre fue pionero en proteger institucionalmente esa singularidad. A fines de los ochenta, fundó la primera denominación de origen controlada de América: la de Luján de Cuyo. "Quería darle identidad y proteger esa identidad", explica Arizu. No era un gesto de marketing; era un acto de fe en la diversidad del suelo mendocino y en el futuro de una uva que aún no había revelado todo su potencial ni conquistado los paladares del mundo.
"Yo estoy convencido hoy en Argentina estamos haciendo los mejores vinos de nuestra historia."
La diferencia entre un buen vino y uno extraordinario no reside, para Arizu, en parámetros técnicos sino en algo más íntimo. "Puedo tener un vino que técnicamente raya a la perfección, pero cuando el vino te despierta una emoción, esa es la enorme diferencia." De esa certeza nació la colección De Sangre: homenaje al ritual silencioso de bajar a los sótanos, recipiente por recipiente, buscando el vino que golpea el corazón.

El vino que reserva para los momentos especiales es "Paraíso", su primera gran cosecha propia, de 2019. La ambición era monumental: crear un vino eterno. La inspiración vino de un Malbec de 1912 que su bisabuelo elaboró para celebrar el nacimiento de su primer hijo varón. "Un vino hecho el año en que se hundió el Titanic", evoca. En esas palabras se condensa todo: herencia, tiempo y la certeza de que el vino verdadero trasciende.
El mercado global del vino se recorre, como las hileras de un viledo. Después de tantas décadas visitando ferias, codeándose con compradores y midiendo las reacciones de paladares alrededor del mundo, Arizu conoce este mapa como la palma de su mano. Su diagnóstico de este mercado tiene un optimismo cauteloso, una nueva ventana de oportunidad para Argentina.
El especialista cuenta que Argentina era el quinto productor de vinos del mundo en los noventa, pero exportaba prácticamente cero. "No teníamos idea de dónde estábamos parados, no sabíamos si lo que hacíamos tenía match con el mercado internacional", recuerda. La arquitectura de la demanda global había que construirla desde los cimientos, con pasajes aéreos, stands improvisados y una convicción que muchos aún no compartían.

El impulso que parecía imparable encontró su techo en la política local. "En 2010 empezamos nuevamente con nuestros ciclos económicos argentinos", expresa Arizu. El cepo cambiario destruyó la matriz exportadora que habían levantado con tanto esfuerzo, frenando un crecimiento que había pasado de 25 millones a 1.000 millones de dólares en apenas quince años.
La economía argentina tiene, de acuerdo a Arizu, un diagnóstico tan claro como antiguo: gasta más de lo que ingresa. "La inflación es el peor enemigo de esta industria", afirma. Plantar una vid exige ocho años hasta la primera cosecha equilibrada y un vino de calidad pasa entre dos y tres años dentro de la bodega. Todo ese ciclo largo necesita, inexorablemente, financiamiento barato y estabilidad de reglas.
Sin embargo, su lectura del momento actual es decididamente optimista. "Estamos esperando poder dar un salto significativo", señala.
El mercado más complejo y más formativo sigue siendo el Reino Unido porque es el más exigente. Se trata del tercer mercado de vinos del planeta, que no produce casi nada y se abastece de todos los rincones del mundo. "El consumidor anglosajón tiene una preparación intelectual extraordinaria para transformarse en experto", explica. Ese nivel de exigencia obliga a las marcas a presentarse con argumentos sólidos o no presentarse.
Estados Unidos tiene una dinámica diferente: es el primer mercado mundial en volumen, pero el 70% del consumo es cubierto por producción local. Para una bodega argentina, ese muro exige diferenciación precisa: no alcanza con ser bueno, hay que ser inconfundiblemente argentino.
Esa es la apuesta de Arizu: que el vino lleve el estilo de vida y la emoción del que lo hace.
El mercado paraguayo merece, para Arizu, un capítulo aparte cargado de afecto. "Paraguay tiene un lugar especial en mi corazón porque hace 30 años que estamos aquí", agrega y describe una evolución que lo sorprendió en su más reciente visita. El florecimiento de la gastronomía local (más restaurantes, mayor complejidad culinaria, nuevas audiencias) creó un ecosistema donde el vino encontró su lugar natural en la mesa.

Lo que más lo impresionó esta vez fue la sed de conocimiento: "Me encontré con un interés y una pasión por escuchar y aprender de vinos que no había visto nunca", confiesa. Esa curiosidad, impulsada por las nuevas generaciones, es la señal que existe un paladar que despierta y que elegirá con criterio propio.
El futuro del vino argentino no depende solo de la calidad en copa sino de algo más profundo: la capacidad de exportar una identidad. "Creo que es el momento de que la gente nos descubra a través de nuestros vinos", sentencia. En un mundo de inmediatez, donde el verdadero lujo es la reflexión, Argentina ofrece algo que pocos pueden imitar: caos creativo, raíces profundas y una emoción genuina.