Paraguay gana por goleada en la región: su sencillez fiscal seduce a empresarios de Brasil y Argentina
En un continente donde 2024 obligó a recalcular planes y frenar desembolsos, Paraguay comenzó a destacarse por una anomalía estadística que pronto dejó de parecer casual. Mientras América del Sur cerraba el año con una caída de casi 20% en los flujos de inversión directa, el país no solo resistía: capturaba capital. En lugar de retraerse, consolidaba una tendencia que venía gestándose desde años atrás, apoyada en reglas estables y una arquitectura tributaria sin sobresaltos.
Paraguay cerró el año con un un crecimiento interanual del 15%. No se trató únicamente de movimientos financieros coyunturales. El stock total de Inversión Directa trepó a más de US$ 10.000 millones, equivalente al 23% del PIB, una magnitud que ya habla de peso en la economía.
En ese flujo hay un protagonista claro. Brasil se convirtió en el principal inversor extranjero, con US$ 904 millones, el 13% de la Inversión Extranjera Directa total. El dato cobra dimensión cuando se observa la trayectoria: en apenas cuatro años, los capitales brasileños prácticamente se duplicaron. Pasaron de US$ 715 millones en 2020 a más de US$ 1.500 millones en 2024. Lo que era una presencia relevante se transformó en liderazgo. Asimismo, los capitales argentinos superaron los US$ 500 millones, posicionando a Argentina como uno de los principales países de origen de inversión directa hacia Paraguay en la región.
La historia detrás de estos números no se explica por un incentivo aislado ni por una coyuntura favorable pasajera. Responde a una ecuación consistente basada en previsibilidad normativa y un régimen impositivo simple. En un contexto de mayor selectividad del capital, donde cada punto de rentabilidad y cada riesgo regulatorio pesan en la decisión final, Paraguay ofreció un entorno comprensible, estable y con márgenes sostenibles. Al analizar su sistema tributario, la pregunta central no es solo cuánto se paga, sino cómo está diseñado. La ventaja competitiva comienza en la arquitectura institucional y se proyecta en la toma de decisiones de largo plazo.
Luciano Antonelli, Senior Associate y Head of Tax de BKM | Berkemeyer, lo plantea en esos términos: “Hay grandes diferencias a nivel de arquitectura institucional y de estructura. Brasil y Argentina tienen sistemas tributarios de mayor complejidad. Son sistemas multiniveles, donde tenés impuestos que administra y te cobra el Estado, los municipios, las provincias. Eso hace que todo se vuelva mucho más complicado”.
En el caso brasileño, la complejidad se traduce en potestades tributarias distribuidas. “En Brasil tenés los estados, los municipios y la Unión Federal que te cobran impuestos. Aparte, su sistema indirecto se compone de múltiples tributos superpuestos: el Impuesto sobre el Circulación de Mercancías y Servicios (ICMS) estadual, los Impuestos Sobre Servicios de Cualquier Naturaleza (ISS) municipal, los Impuestos sobre Productos Industrializados (IPI) federal, el Programa de Integración Social (PIS) y la Contribución para la Financiación de la Seguridad Social (COFINS) federal”. Esa superposición generó, durante años, acumulación de cargas y distorsiones en la cadena productiva.
Argentina presenta un esquema igualmente fragmentado. Además de los impuestos nacionales a las ganancias y al IVA, cada provincia aplica su propio impuesto a los ingresos brutos. Antonelli lo describe con crudeza técnica: “Ingresos brutos es todo lo que uno factura. La provincia cobra sobre la facturación total. Eso genera un efecto en cascada”. Es decir, no se grava únicamente la utilidad neta, sino el volumen de operaciones, lo que impacta especialmente en actividades de márgenes reducidos.
Frente a ese entramado, Paraguay consolidó desde 2020, con la Ley 6.380/19, un esquema simplificado que el mercado identifica como el “triple 10”: 10% de Impuesto a la Renta Empresarial (IRE), 10% de Impuesto al Valor Agregado (IVA) y 10% de Impuesto a la Renta Personal (IRP) para servicios, con 8% para determinadas ganancias de capital.
“Nuestro sistema es mucho más fácil de aplicar”, resume Antonelli, destacando además que, desde 2023, la administración tributaria está centralizada en la Dirección Nacional de Ingresos Tributarios (DNIT), lo que reduce discrepancias y aporta previsibilidad.
La diferencia sistemática se vuelve evidente al analizar la presión fiscal agregada. Fabio Fustagno, Presidente de la Cámara de Comercio Paraguay-Brasil, sintetiza el contraste en términos contundentes: “Paraguay tiene una presión tributaria de alrededor del 11–12%. De todo lo que producimos, eso es lo que finalmente se termina pagando en total. Brasil, en cambio, hoy en día tiene alrededor del 40%, considerando que cada estado tiene su propio sistema tributario”. Para el dirigente empresarial, “ese es el número claro, grande y único” que explica buena parte de la competitividad relativa.
En renta empresarial, la brecha es directa. “Paraguay tiene el 10% para las empresas que operan en el país”, explica Fustagno. “Brasil varía, puede tener entre 28% y 34 o 35%. Hay una diferencia de por lo menos entre 20 y 25 puntos sobre la renta empresarial”. Se trata de un impuesto sobre el lucro, lo que vuelve el contraste particularmente relevante para inversiones productivas.
En imposición indirecta, la divergencia también es significativa. Mientras el IVA paraguayo es del 10%, Brasil combina PIS, COFINS, IPI e ICMS, cuya sumatoria “hoy día puede llegar alrededor del 25%”. La diferencia impacta en la estructura de costos desde la etapa productiva hasta la comercialización.
Al momento de distribuir utilidades, el contraste persiste. En Paraguay, el accionista tributa 10% vía retención. En Brasil, señala Fustagno, la carga puede rondar el 30%, dependiendo del nivel de dividendos. “Para los que tienen menos dividendos, generalmente aplica un porcentaje menor. Para los de mayor volumen, un porcentaje mayor”. El resultado es que la tasa efectiva consolidada – empresa más accionista – se amplía significativamente entre jurisdicciones.

Brasil atraviesa una transformación profunda de su sistema tributario. Antonelli explica que la reforma busca corregir distorsiones históricas derivadas de la superposición de tributos indirectos y de una elevada litigiosidad fiscal. “El sistema brasileño siempre fue extremadamente complejo. Tenías impuestos federales, estaduales y municipales interactuando entre sí, con bases imponibles distintas y créditos que muchas veces terminaban judicializados. La reforma apunta a reducir esa fricción”.
El núcleo del cambio es la migración hacia un modelo de IVA dual. “Brasil va a tener una Contribución sobre Bienes y Servicios (CBS) a nivel federal y un Impuesto sobre Bienes y Servicios (IBS), compartido entre estados y municipios”, detalla Antonelli. La lógica es reemplazar tributos como PIS, COFINS, IPI, ICMS e ISS por un sistema más homogéneo, con crédito financiero amplio.
Sin embargo, la transición será prolongada. “Esto va a subsistir con el sistema viejo durante un buen tiempo”, advierte. Durante varios años convivirán los impuestos actuales con el nuevo esquema, obligando a las empresas a operar en paralelo bajo dos marcos normativos. Además, la reforma introduce mecanismos innovadores como el split payment, donde el componente impositivo se separa automáticamente al momento del pago para reducir evasión, y un sistema de IVA cashback destinado a personas de menores ingresos, que podrán recuperar parte del impuesto pagado.
En materia de imposición personal, el giro es igualmente relevante. Antonelli señala que Brasil avanzará hacia una tributación mínima efectiva para personas físicas de altos ingresos. “Estamos hablando de ingresos superiores a aproximadamente US$ 115.000 anuales. A partir de ahí van a empezar a pagar de forma gradual, es decir progresiva, hasta un máximo cercano al 10% para ingresos que rondan el equivalente a 1.200.000 reales, unos US$ 229.000”.
El objetivo es establecer un piso mínimo de tributación efectiva. “Desde 2026, las personas que tienen ingresos muy altos en Brasil van a estar sujetas a un mínimo que puede alcanzar el 10%. Eso reduce la posibilidad de mantener tasas efectivas significativamente inferiores mediante planificación basada en categorías de ingreso”, explica. En contrapartida, quienes perciben ingresos mensuales bajos – en torno a los US$ 1.000 o menos – quedarían fuera de esa carga adicional. “Determinadas personas compensan de esa forma con la gente que gana más dinero”, resume, en línea con una lógica de mayor progresividad.
A este esquema se suma el criterio de renta mundial. “Si la persona permanece 183 días o más, tributa por sus rentas globales”, recuerda Antonelli. Para ejecutivos regionales, holdings familiares y estructuras patrimoniales internacionales, la combinación de IVA dual, tributación mínima y renta mundial redefine el cálculo estratégico al momento de decidir residencia fiscal o localización de inversiones.
Si Brasil es complejo por su estructura federativa, Argentina agrega a la ecuación una presión fiscal consolidada elevada que, según Antonelli, impacta de manera particularmente intensa en el sistema operativo de las empresas. “A ellos lo que más les afecta es el impuesto sobre la facturación bruta. Eso es muy fuerte”, afirma.
La referencia es al Impuesto sobre los Ingresos Brutos provincial. A diferencia del esquema paraguayo – donde el IRE grava la renta neta, es decir ingreso menos costos y gastos deducibles – en Argentina el tributo se aplica sobre el total facturado. “Nosotros, al tener impuesto a la renta, tenemos ingreso menos costo, menos gastos deducibles, sumamos los gastos no deducibles y pagamos el 10%. Eso lo paga la empresa, y después el impuesto a la distribución de utilidades lo paga el accionista vía retención. Pero ellos están pagando un impuesto bruto sobre la facturación”, explica.
Al gravar el volumen de operaciones y no la utilidad, la carga impacta incluso en empresas con márgenes reducidos o en etapas iniciales de inversión. “Eso es algo que es muy fuerte para ellos, aparte de todo el sistema complejo multinivel”, remarca Antonelli, subrayando que la presión no se concentra únicamente en la ganancia final sino en el flujo operativo.
A ese componente se suma el Impuesto a las Ganancias corporativo – que puede alcanzar el 35% bajo el esquema progresivo vigente – y una batería de percepciones, retenciones y anticipos que afectan el flujo de caja empresarial. “No es solamente la alícuota nominal. Es la carga financiera que implica adelantar impuestos y la superposición de tributos provinciales y municipales”, enfatiza.
Desde el punto de vista patrimonial, Argentina incorpora el Impuesto sobre los Bienes Personales, que grava activos locales y del exterior. “Cuando combinás renta mundial con imposición patrimonial anual, la planificación se vuelve mucho más exigente. El contribuyente argentino tributa no solo por lo que gana, sino también por lo que posee, incluso fuera del país”, explica.
Al igual que Brasil, Argentina aplica criterio de renta mundial para residentes fiscales. “Si sos residente, tributás por tus ingresos globales. Eso incluye dividendos, intereses y rentas generadas en el exterior”. Esta característica contrasta con el enfoque predominantemente territorial paraguayo.
En términos de estabilidad, Antonelli introduce otro factor clave: “Argentina ha tenido cambios normativos frecuentes, modificaciones en alícuotas y creación de tributos extraordinarios. Eso introduce un componente de incertidumbre que las empresas ponderan al momento de decidir inversiones de largo plazo”.

Frente a estos esquemas, Paraguay mantiene un modelo de imposición territorial con tasas uniformes y menor superposición jurisdiccional. Antonelli profundiza en un punto que explica parte del flujo reciente de personas físicas hacia el país: “Las personas que vienen del exterior – y por eso estamos recibiendo muchas de Europa y de distintos lugares – tienen sus ganancias en otros países. Una vez que pagaron todo eso allá, pueden traer ese dinero a Paraguay y acá no paga”.
El elemento clave es la justificación del origen. “Si no tienen justificativo, pagarían IRP. Pero al tener el respaldo de que eso ya tributó en otro país, cuando lo traen a Paraguay no vuelve a tributar”, explica. En términos prácticos, esto convierte al país en una jurisdicción atractiva para repatriar capitales ya gravados en origen.
Desde la óptica estratégica, el efecto es doble. “Es una forma de traer dinero a Paraguay para invertir acá o simplemente para gastarlo acá”, resume Antonelli. La combinación de territorialidad y ausencia de imposición adicional sobre rentas ya tributadas en el exterior refuerza el posicionamiento paraguayo como plataforma de residencia fiscal y destino de capital patrimonial en la región.
Más allá de las tasas generales, la competitividad paraguaya se apoya en regímenes promocionales que funcionan como herramienta de política industrial. El régimen de maquila permite tributar solo 1% sobre la factura de exportación o el valor agregado nacional, pero su lógica va más allá del beneficio fiscal.
Antonelli encuadra el esquema dentro de una estrategia de desarrollo productivo: “La inversión directa es la inversión que viene a instalarse en Paraguay para operar desde Paraguay y generar mano de obra. Nosotros somos un país que busca industrializarse”. En ese sentido, la maquila no se limita a optimizar costos, sino que apunta a atraer capital productivo que se radique físicamente en el territorio.
El funcionamiento técnico es conocido: la empresa del exterior envía insumos que ingresan sin carga impositiva, se transforman localmente y deben reexportarse como producto terminado dentro de un plazo determinado. “Tenés un contrato con una empresa del exterior, la matriz envía los insumos, eso pasa por aduana sin pagar impuestos, se transforma acá y tiene que salir dentro de un determinado periodo como producto terminado. Y se paga 1%, que no es nada”, detalla.
Pero el incentivo económico se articula con una necesidad estructural. “De repente no tenemos ciertas tecnologías, no tenemos cierta mano de obra especializada. Y estos países, con la coyuntura que tienen, hacen que sus empresarios puedan venir acá, instalarse y generar esa mano de obra, ese empleo y esa transferencia de tecnología que el país necesita para empezar de a poco a neutralizar esas brechas”, explica Antonelli. La ecuación combina menor carga fiscal con transferencia tecnológica y capacitación local.
El esquema abarca tanto maquila industrial como de servicios. “Últimamente tuvimos muchísima demanda en maquila de servicios”, señala, mencionando call centers y desarrollo de software. Además, la combinación con certificado de origen dentro del Mercosur puede resultar estratégica para optimizar acceso a mercados regionales.
El atractivo paraguayo no se limita a tasas bajas. Se apoya en previsibilidad normativa y en una política explícita de atracción de inversión extranjera directa. Fustagno agrega un enfoque que amplifica el diferencial más allá del régimen impositivo. “Paraguay no pone límites al tipo de actividad que se puede acoger a estos incentivos fiscales que ofrecemos como país. Prácticamente en todos los rubros hay beneficios a favor de Paraguay”, sostiene.
Fustagno explica que Brasil cuenta con regímenes especiales, particularmente en la industria automotriz. Sin embargo, aclara que “son regímenes muy puntuales, no es como nuestra ley de maquila para cualquier actividad”. La transversalidad del esquema paraguayo – a diferencia de regímenes sectoriales cerrados en otras jurisdicciones – amplía el universo potencial de proyectos.
El diferencial no es solo fiscal. “Los pilares que ofrece Paraguay son varios. El régimen impositivo para empresas brasileñas y paraguayas ya es enorme, pero además está el beneficio de la energía eléctrica más barata”, explica. Para industrias electro-intensivas – aquellas donde el costo energético tiene un peso determinante en la estructura total – esa variable puede redefinir la competitividad regional.
A ello se suma el componente laboral. “El otro gran beneficio de Paraguay es la mano de obra, tanto por disponibilidad como por encargos sociales, como le dicen los brasileros, es decir los costos laborales”, señala Fustagno. Sectores con uso intensivo de trabajo manual – como industrias textiles de corte y bordado o montadoras de autopartes con alto componente de ensamblaje – encuentran en esa ecuación un diferencial operativo concreto.
El costo de esta estrategia es una presión tributaria reducida que limita la recaudación potencial en el corto plazo. El beneficio, según la visión empresarial y técnica, es acelerar industrialización, transferencia tecnológica y generación de empleo, apalancado no solo en impuestos bajos sino en una estructura de costos competitiva integral.
Paraguay ofrece un esquema tributario caracterizado por la simplicidad normativa y la aplicación del principio de territorialidad. El diseño permite operar con mayor previsibilidad, claridad en la determinación del impuesto y menor carga administrativa, configurando un entorno orientado a facilitar la inversión, la radicación de capital y la planificación financiera de largo plazo.