Todo el tiempo del mundo, la muestra del paraguayo Enrique Collar, llega mañana a Asunción
Belén Cuevas Trinidad Editora de Forbes Women Paraguay
Belén Cuevas Trinidad Editora de Forbes Women Paraguay
“El guaraní, una gran familia, muchos niños, vecinos, el paisaje erosionado de la tierra colorada y el sol filtrándose entre los árboles, generando sombras y siluetas”, describe poéticamente Enrique Collar al consultarle sobre las primeras memorias de su infancia en Itauguá.
Hablar de su ciudad es un tema que toca en él fibras sensibles: “Era una vida comunitaria, con personajes de fuerte presencia e imaginería, que entraban y salían de escena como duendes del pueblo. Una mesa que también funcionaba como puerta cuando corría la noticia de un perro rabioso suelto; y mi madre, yendo y viniendo, siempre trabajando.”
Hoy, vive en Rotterdam, Países Bajos, en el centro de una ciudad cuya arquitectura lo fascina, con esculturas públicas y paisajes que se le antojan metafìsicos, casi surrealistas. Parte de la obra que ahora ocupa su taller es precisamente sobre ese entorno urbano que le ofrece la ciudad donde vive, pero si hay algo que casi nunca se desprendió de su paleta de colores, es el vibrante paisaje itaugueño.

Desde el 2003 hasta el 2020, dejó de pintar su ciudad natal para focalizar su obra en la pintura neerlandesa y europea. “Desde que retomé mi obra paraguaya, la intención es fortalecer mi etapa temprana, la del joven Enrique, ir agregándole piezas pintadas desde esta experiencia europea”, grafica.
Su proceso creativo varía mucho porque, así como sus intereses abarcan una diversa gama de temas, utiliza múltiples soportes. Enrique cuenta que en los últimos años trabaja varios proyectos en paralelo y los construye por partes, como ir armando más de un rompecabezas a la vez.
“Es la manera que encontré para alimentar mis diversos mundos: Paraguay, Rotterdam, el cine, la tecnología y mis panorámicas en 360º, pensadas para experiencias de realidad virtual”, apunta. Cada uno de estos proyectos suele partir de un lugar diferente. Algunas veces, de fotografías 35mm que guarda en su archivo; otras, de ideas que surgen en el estudio y, en ocasiones puntuales, de ensambles en photoshop o bocetos digitales que luego pasa al lienzo.

Tal como ocurre en los rompecabezas, Collar toma una pequeña pieza como punto de partida. “Desde hace años ya no pinto de lo general (como normalmente se hace) a lo particular, sino al revés: comienzo por un detalle, y desde allí la obra va creciendo”, confiesa.
Como cimiento principal de sus pinturas, el óleo lo acompaña para construir —capa por capa— estas pinturas que parecen fotografías. “El óleo se adapta al temperamento de cada artista, permite carga, materia, y a su vez la expansión de muy finas capas, traslúcidas”, detalla.
Sin embargo, Enrique no se considera un purista, sino continúa explorando —desde el óleo— distintos caminos expresivos como, por ejemplo, pintar sobre metal aunque la tela sea su soporte favorito. “Si bien es considerada una técnica tradicional, la pintura al óleo tiene un carácter experimental que la vuelve infinita. Permite lograr matices delicados que hacen que, desde el plano de la tela, emerja la tridimensionalidad de las formas, la luz, la sombra y el espacio”, declara.

Para él, esta ilusión óptica es la característica que dota a las pinturas de un aura casi táctil. “Puedo pasar meses trabajando en una tela de gran formato; disfruto profundamente del proceso, de la cocina misma de la pintura”, añade.
En cuanto a la estética, las obras que componen Todo el tiempo del mundo parecen directamente fotografías. Sin embargo, si nos detenemos en las expresiones, la atmósfera y las sensaciones, notamos la presencia narrativa del realismo mágico latinoamericano.
En este sentido, Enrique Collar nos cuenta que Augusto Roa Bastos fue un artista muy importante para dar inicio a sus trabajos sobre Paraguay: “Hoy, después de tantas obras y cine, siento que hay un universo propio, un ykua de donde sigue brotando agua para beber.”

De todas formas, no hay corriente que lo encasille en cuanto a estética, pintura o técnica. “Justo al terminar Casa Abandonada, mi nueva pintura, pensaba que se trata casi de un manifiesto. Mi vida y mi obra transitan entre dos siglos y dos continentes: por un lado, el modernismo latinoamericano; por otro, la tradición y la fuerza de la pintura europea, que exploro de cerca, a lo que se suma la era digital”, puntualiza.
Su obra es, entonces, una mezcla de experiencias que, conforme se expande, amplía también su universo pictórico. “Todo este complejo entramado cultural —que finalmente soy yo— se reúne y se fusiona en esta obra. Es decir, mi constante sumatoria de experiencias fluye aquí de manera natural”, explica.
Por eso, Casa abandonada es una pintura que no podría realizar un artista latinoamericano sin las vivencias en Europa que transitó Enrique y tampoco viceversa. “Está cimentada en mi obra paraguaya, gestada a comienzos de los 90. Por todo esto, no creo pertenecer a una corriente”, declara.

La trayectoria de Enrique Collar no puede leerse únicamente a través del lienzo. Su curiosidad lo llevó a explorar lenguajes que, aunque parecen distantes, se alimentan entre sí. Uno de ellos fue el linograbado, una técnica que abrazó tras una experiencia casi mística: una peregrinación a Caacupé junto a sus amigos.
“Fue una experiencia intensa, casi física, que encontró su forma en mi exposición de 1993. El tema de los peregrinos apareció de manera natural, como si perteneciera a ese lenguaje de raíz popular”, recuerda. Aunque esa incursión quedó contenida en una docena de imágenes —en parte por la dificultad de conservar el papel ante la humedad del clima paraguayo—, marcó el pulso de un artista que siempre buscó expandir su capacidad de contar historias.
Esa necesidad de narrar fue la que, a finales de los años 90, lo empujó hacia el cine. Tras una etapa de intensa producción pictórica en la que el reconocimiento artístico no siempre coincidió con la estabilidad económica —como ocurrió con su muestra sobre mitos en plena crisis bancaria—, Collar decidió que la pintura no era suficiente para todo lo que quería decir.

“En el verano de 1997, en Buenos Aires, decidí acercarme al cine. No podía costear la carrera, así que tomé un workshop de guion con Juan Marín. Fue suficiente: a los pocos meses ya grababa Poder, dulce poder, solo con mi cámara y mis amigos”, relata. Para el artista, este giro fue vital: “La escritura salvó a mi pintura”. Logró que ambos lenguajes convivieran hasta fusionarse años después en su aclamada Trilogía Paraguaya.
La influencia entre la cámara y el pincel es bidireccional. Collar confiesa que su etapa de pintura paraguaya funcionó como un laboratorio cinematográfico, un estudio de campo sobre la cultura del interior. Influenciado por el director francés Robert Bresson, quien prefería hablar de "modelos" en lugar de actores, Enrique entendió que la atmósfera y las historias ya estaban en su entorno; solo faltaba ponerlas en movimiento.
El cine le enseñó una lección que el taller no podía darle: el valor de lo compartido. “La pintura es un acto solitario; el cine, en cambio, solo existe cuando se comparte”, reflexiona. En un Paraguay que a inicios de los 2000 apenas se asomaba a los largometrajes, Collar tuvo el coraje de debutar junto a un equipo humano que creyó en lo imposible.

A pesar de su maestría técnica, Enrique huye de las interpretaciones lineales de la historia del arte. Se reconoce influenciado por una lista ecléctica de 69 artistas que van desde Jan Van Eyck hasta Antonio Berni, pasando por Picasso y Bacon. Esa apertura mental es la que le permite saltar del monocromo al hiperrealismo o experimentar con panorámicas de 360º destinadas a la realidad virtual.
Para él, la inspiración es un susurro que debe ser capturado de inmediato. “Últimamente escribo bastante. Una palabra en mi cuaderno puede encerrar todo un proyecto”, afirma. Pero, por encima de todo, Collar es un trabajador incansable que prefiere el rigor del estudio al azar de la musa.
Hoy, aunque su taller se encuentre en Rotterdam y sus horizontes se expandan hacia la era digital, el eje sigue siendo aquel asaje pyte caluroso de Itauguá. Es un archivo infinito de memorias que busca salida. “En mi computadora tengo cantidad de carpetas con proyectos a pintar. No sé qué haré con todo, no me va a dar el tiempo para pintar todo lo que voy acumulando; debo encontrar maneras de interactuar con todo esto”, concluye.