En el vasto, pero poco recorrido mundo del arte paraguayo sobresale un nombre desde el departamento de Presidente Hayes: Fidel Fernández. Pintor y escultor, que lo desarrolla mágicamente a través del takuru (termitero), sin esperarlo y mucho menos sin buscarlo, se ha convertido en uno de los artistas más representativos de la corriente moderna nacional.
Nacido en la localidad de San Juan Bautista, del departamento de Ñeembucú, desde pequeño Fidel experimentó el sentido etéreo de la vida, que luego sabría replicarlo en su arte, pues pasaba de ciudad en ciudad, y diferentes costumbres. A los cuatro años se trasladó con su familia al Chaco Paraguayo, luego a Carapeguá hasta que finalmente van a Cerrito, de Presidente Hayes, donde vive actualmente y desarrolló su pasión artística.
El pequeño lapso de migrante que desarrolló Fidel desde sus primeros años hicieron de él una persona más introvertida, volcándose de lleno en el arte. Casi sin dimensionarlo, poco a poco fue creando su propio mundo, donde todas las expresiones y sensaciones que no lograba verbalizar o exteriorizar en su entorno material, tomaban forma a través de un lenguaje más artístico.

Así, la lectura se convirtió en su mejor amiga, el dibujo en su confidente y la pintura en su patio de juegos creativo, desenvolviéndose con un desarrollo social más íntimo, antes que colectivo. “Cuando empecé, no veía en esto una posibilidad de salir de la pobreza, sino la oportunidad de hacer lo que me gustaba”, recordó en el Podcast by Forbes, mostrando un camino que resultaba casi inherente a su estilo de vida deseado.
Una vez finalizada su etapa escolar, Fidel no pudo seguir una carrera universitaria, por lo cual empezó a trabajar casi inmediatamente. De vendedor y repositor, terminó en la albañilería, que resultó ser su trabajo ideal porque le daba tiempo para seguir germinando sus pasiones: la lectura y la pintura.
La formación del artista
A partir de su hambre insaciable por conocer y aprender, Fidel reconoció un universo abstracto e inmersivo al cual quería integrarse, no como un fin económico, sino como un espacio donde tendría la facultad de crear y materializar su devoción hacia el arte hasta sentirse realizado. De manera autodidacta, este escenario llevó al escultor a construir un perfil artístico a través de sus lecturas preferidas, viajando entre imágenes mentales que posteriormente plasmaba en bocetos, sin saber que esto realmente lo llevaría a formarse como un nuevo referente de la materia.
Fidel describe sus trabajos como fuertemente narrativos, donde los diseños, la paleta de colores y las formas cuentan historias particulares. “Dentro de las obras, cada personaje tiene una pequeña escena dentro del cuadro o algo alegórico. Todo cuenta con una doble lectura. De hecho, me lleva mucho tiempo realizar una obra porque, para mí, cada una necesita procesos y elementos únicos”, expresó, agregando que esto lo lleva a elaborar solo entre seis a siete obras al año.

Sin embargo, esa evolución artística no siempre encontró puntos de consenso, pues mientras Fidel perseguía de forma empecinada su deseo de pintar, su familia aguardaba por ingresos financieros fijos de su parte para una mayor colaboración en su hogar. El escultor contó así que, la mayor parte del tiempo, sus padres catalogaban sus lapsos inspiracionales como un simple método para escapar de su realidad, cuando en el fondo estaba cimentando las bases de su propio espacio, con realismo casi mágico.
Sin un soporte constante más allá de sus propios medios, sin mentoría y sin contactos que lo introduzcan en la escena del arte nacional, Fidel fue escarbando en la magnitud del sector como él mismo sabía hacerlo: con una curiosidad voraz. De este modo, llegó a Carlos Colombino, Ricardo Migliorisi, Koki Ruiz y otros más, cuyas obras y legado se convirtieron, primero en el adorno de toda su habitación y luego en su mantra visual que lo inspiraba a abrazar cada vez con más fuerza el arte.
Luego, casi como una casualidad, el artista logra dedicarse 100% a la pintura a sus 23 años, tras presentar una obra de gran magnitud en la calle Palma, de Asunción, convirtiéndose el lugar en el principal testigo del surgimiento de un futuro referente de la escena artística local. “Se trataba de la primera obra gigante que había hecho”, rememoró con un dejo de emoción, como si reviviera el momento.
Esa apuesta fue clave para Fidel, pues un coleccionista de arte alemán quedó fascinado con su obra y buscó acompañarlo en futuros trabajos hasta que, cinco años después de ese encuentro, logró reunir la cantidad suficiente de obras para exponer su primera muestra en el Cabildo. Desde entonces, sin ninguna expectativa, Fidel emprendió un viaje de ida sin vuelta al mundo del arte.

El proceso artístico
El escultor detalló que su producción creativa nace de un análisis constante de lo que quiere expresar mediante sus trazos. El componente social es el hilo conductor de sus pinturas, a lo cual da forma luego de una observación meticulosa de su entorno; desde aspectos rutinarios, la manera en que viven sus vecinos, los rituales familiares, hasta la simpleza de la cotidianidad, Fidel es altamente sensible de lo que lo rodea, dando voz a todo tipo de situaciones y personas.
“Cuando hay temas específicos, como la educación, leo todo lo que puedo, observo lo máximo posible, busco todo tipo de información, y de una base casi científica, desfiguro o descompongo la realidad para llegar a la obra final”, describió el artista. Pero algo sí es categórico en sus trabajos, y se trata de su esfuerzo constante por humanizar su arte, contar historias y reflejar la esencia de la existencia misma.
Así, pinceladas de ironía materializan un mundo subyacente al nuestro, satirizado bajo la mirada mordaz de Fidel. El artista moldea las complejidades poco abordadas a través de un deformamiento de los elementos materiales, con lo cual demuestra que a veces un ambiente amorfo tiene mayor sentido que la superficialidad observada.
“La crítica es complicada y en Paraguay es mucho más aceptable lo lindo, antes que otra cosa, y esa belleza la encuentro fuera de lo convencional en mis obras”, refirió, mostrando firmeza sobre sus convicciones y una fidelidad ciega, pero fuerte, hacia lo que desea transmitir artísticamente, aunque sea incómodo.
El escultor busca todo, menos ser decorativo. Sus obras aturden, a veces desagradan, porque obliga al espectador a cuestionar su realidad, sin previo aviso. Lo mismo logra a través de sus obras en takuru, siendo prácticamente un pionero en moldear vida y escenarios utilizando como material el hogar de las hormigas.
De esta manera, Fidel Fernández se erige como un artista que, desde el tejido social a veces escondido en el país y el esfuerzo autodidacta, ha forjado una voz propia y crítica en la escena artística paraguaya, manteniendo una inquebrantable fe en su visión y en el poder transformador del arte.