En el soplado de vidrio, hay un instante en el que el material revela una docilidad única. Cuando el artesano lo extrae del horno, incandescente y fundido, el vidrio permite que lo doble, lo estire y le imponga la forma que se atreva a darle durante un breve lapso. Después, el material se enfría.
Se endurece y conserva la forma que tenía justo antes de que el calor se disipara. Esa ventana se cierra hasta que el artesano vuelve a introducirlo en el fuego. Cualquiera que haya trabajado con vidrio conoce la disciplina que exige ese proceso: no podés acelerar el enfriamiento, pero tampoco podés demorar el moldeado. La grandeza, al parecer, tiene una temperatura. Y también tiene un tiempo.
Pienso en esa ventana desde que invitamos a Jim McKelvey al último episodio del podcast FROM THE CULTURE. McKelvey pertenece a ese grupo excepcional de personas que pueden hablar de este tema tanto en términos literales como figurados: es un maestro soplador de vidrio, cofundó Third Degree Glass Factory y escribió el libro de texto más importante sobre el oficio.
Además, cofundó Square, la empresa que puso un pequeño lector de tarjetas blanco en manos de comerciantes que habían quedado fuera del sistema de pagos. McKelvey no usa la conexión entre el horno y la empresa como metáfora para parecer profundo. Por lo que alcanzo a ver, esa conexión expresa su verdadera forma de entender el trabajo de crear cosas.
La primera lección es la del calor. Para que surja la grandeza, dice McKelvey, las cosas tienen que estar calientes: solo así el material se fusiona, se moldea y se convierte en algo que antes no era. Y cuando alcanza esa temperatura, hay que moverse rápido, porque la ventana de oportunidad dura poco.
Eso también ocurre mucho más allá del estudio. Pienso en el mundo de las agencias donde empecé, donde el mejor trabajo casi siempre aparecía cuando estábamos contra las cuerdas, cuando todo dependía de una jugada y no había tiempo para pensar más. No es casualidad que los atletas practiquen mil veces, durante los entrenamientos, ese tiro con dos segundos en el reloj: cuando el momento realmente exige definición, no piensan, actúan. El calor no representa un obstáculo para la grandeza; el calor crea la condición necesaria para alcanzarla.

Pero ahí la conversación tomó un giro inesperado. Si la presión crea las condiciones para la grandeza, ¿por qué tantas personas se paralizan ante ella? ¿Por qué tantas organizaciones, cuando la situación se vuelve tensa, se achican en lugar de volverse audaces? McKelvey responde con una analogía vinculada a una atracción de un parque temático. Primero tenés que sentirte seguro, sugiere, y solo entonces podés sentir miedo. No se trata de conceptos opuestos: el primero hace posible al segundo.
Pensá en las películas de terror, mi género favorito. Cuando una película empieza a asustar a mi hija menor, se gira hacia mí y me pregunta: "Los hombres lobo no existen, ¿no, papá? Los vampiros no existen, ¿no?", me dice. Y una vez que le confirmo que nada de eso puede hacerle daño, algo cambia. Se permite tener miedo y, entonces, puede disfrutar de la película. La seguridad abre la puerta a la disposición para sentir terror, y ahí aparece la emoción. La montaña rusa funciona igual: te ajustás la barra de seguridad, bajás la primera gran pendiente y entendés: "Estoy bien", pensás. Recién entonces levantamos las manos y disfrutamos del recorrido.
Las organizaciones operan bajo las mismas leyes físicas, y tenemos un término clínico para definirlo: seguridad psicológica. Cuando las personas se sienten seguras, se animan a enfrentar el miedo. Intentan aquello que tal vez no funcione, plantean ideas que podrían ser motivo de burlas y asumen riesgos de máxima exposición.
McKelvey ilustró esto con un colega al que llamó John, cuya mera presencia en el estudio le permitía apagar la parte ansiosa de su cerebro y, simplemente, intentar la maniobra más difícil y arriesgada. La confianza que John transmitía no era una cortesía: funcionaba como base para asumir riesgos. Cuando John no estaba presente, nadie siquiera intentaba la maniobra difícil. Eso es lo que los líderes pasan por alto cuando exigen audacia de sus equipos. No lograron que las personas se sintieran seguras; les piden que se lancen a la aventura sin control alguno.

Eso nos lleva a la tercera lección, la que otorga urgencia a las otras dos. McKelvey habla de anticipación: estar listo para actuar en el instante en que surge la oportunidad. Porque el calor, por su propia naturaleza, se disipa. El momento de máxima tensión baja hasta alcanzar la temperatura ambiente, y la oportunidad que necesitabas aprovechar se cierra en silencio.
Por eso, cuando la ventana aparece, actuás, aunque todavía no te sientas cómodo. Los pastores de mi iglesia tienen una frase que lo resume a la perfección: "Si tenés que hacerlo con miedo, hacelo con miedo", suelen decir. El momento no va a esperar a que te sientas preparado. Al final, la acción importa más que la perfección, porque la perfección llega cuando el vidrio ya se enfrió.
Cuando combinamos estos elementos, aparece una especie de teoría sobre cómo creamos las cosas buenas: el mejor trabajo surge cuando la situación se vuelve difícil e incómoda, pero las personas solo se animan a atravesar esa incomodidad cuando se sienten lo suficientemente seguras como para asumir riesgos. E incluso entonces, la seguridad y la intensidad no alcanzan si nadie está dispuesto a actuar antes de que el momento pase. Presión, confianza, acción, en ese orden, y rápido.
Hay una última observación que merece mencionarse porque complica la trayectoria aparentemente perfecta de cualquier historia de éxito. Cuando le preguntamos a McKelvey cómo se sostiene el propósito después de ganar, tras el éxito multimillonario, con una pieza de vidrio soplado perfectamente exhibida en el Museo de Arte Moderno, respondió con honestidad: las metas cambian. Uno nunca llega a la meta definitiva, porque el objetivo se desplaza constantemente, apenas más allá del lugar donde uno está.
La solución que propuso no consistió en perseguir una victoria más grande, sino en cambiar aquello que priorizamos: trabajar en lo que realmente importa, junto a personas en las que confiamos y a las que respetamos, y tomar decisiones por las razones correctas. La satisfacción, sugirió, suele llegar después, no al revés. Resulta apropiado: es la misma sabiduría que enseña el vidrio. El éxito no se conserva. Uno solo decide qué crea mientras lo tiene.
*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com.