Luis Alberto del Paraná: El paraguayo que recorrió el mundo y puso en alto nuestra música
Es posiblemente la voz más reconocida del país y su nombre se convirtió durante muchos años en nuestra carta de presentación en el extranjero. Luis Alberto del Paraná fue todo un soldado del arte que trazó una ruta por 76 países y se hizo reconocido con la envidiable tonalidad de su voz mucho antes de que las redes sociales y los contenidos virales existieran. Su legado sigue vigente y nos invita a recordar cómo logramos expandir nuestro horizonte artístico y cultural a los confines más alejados del mundo.

Entre las verdes serranías del Departamento de Cordillera, un 21 de junio de 1926, nacía un niño destinado a viajar cantando en sus dos idiomas maternos: guaraní y español. Hijo de José Domingo Encina González, un maestro rural que en sus ratos libres tocaba la guitarra, y de Jacinta Meza, una abnegada madre que se desempeñaba como costurera, Luis Osmer Meza llegaría a la adultez con el nombre artístico de Luis Alberto del Paraná. 

Un “orejero” profesional

En su vida no hubo conservatorio ni partituras. De hecho, su formación musical se basó en un patio, una guitarra prestada y una envidiable agudeza auditiva. Aquel niño autodidacta de la ciudad de Altos aún no lo sabía, pero su voz de barítono, de altos envidiables y potentes tonalidades, haría que la música paraguaya escrita en guaraní, español o jopará cruce fronteras por primera vez de manera tan extensa.

Se considera que el primer escenario de verdad al que subió fue el del recordado Cine Gran Rex, en el centro asunceno, junto al arpista luqueño Digno García. El joven Luis contaba tan solo 18 años y ya había comenzado una carrera coco a codo con grandes de su tiempo. Alrededor de los 19, ingresó a la banda Los Guaireños, fundada por el poeta, músico y compositor villarriqueño Gumersindo Ayala Aquino.

Embajador: Con su guitarra y su voz

El verdadero punto de quiebre en su carrera llegó en 1952, con la formación del Trío Los Paraguayos: él como vocalista principal, junto al arpa de Digno García y la segunda voz de Agustín Barboza. El mismo año, Luis Osmes Meza forjó un nuevo nombre. De ahora en más, sería conocido como Luis Alberto del Paraná, tomando prestado el nombre de un río nacional. Fue, en realidad, una poderosa decisión que vincula la pronunciación de esta región con el nombre mismo de Paraguay. 

Lo que vino después tiene algo de audacia diplomática y utopía artística: el gobierno del presidente colorado Federico Chávez, por Decreto del Poder Ejecutivo N.º 1.736 del 24 de noviembre de 1953, los envió a Europa como embajadores culturales. 

El poncho para para'i de 60 listas fue popularizado internacionalmente por Luis Alberto del Paraná, quien lo usó como su símbolo estético. FOTO: PINTEREST

No se trataba de diplomáticos con corbata, sino de un arpa y dos voces vestidas con el poncho para para'i de 60 listas. Para un país pequeño y mediterráneo, la apuesta era casi temeraria: que la guarania y la polca hablaran donde no llegaban los embajadores. 

El éxito internacional continúa

Más adelante, tras la disolución del trío que conformaba con Digno García y Agustín Barboza, Del Paraná armó una nueva agrupación. Aunque el nombre es similar, no debemos confundirnos. Esta vez, no se trata de un trío. Los Paraguayos era una banda creada con su hermano Reynaldo Meza, Rubito Medina y el arpista José de los Santos González. Con ellos grabó sus primeros discos en formato LP para el sello Philips de Holanda: Famous Latin American Songs (Canciones latinoamericanas famosas) y Ambassador of Romance (Embajadores del romance).

Mientras recorría escenarios que iban de Tokio a Tel Aviv, seguía componiendo "Bajo el Cielo del Paraguay", "A mi Tierra", "Mi Pueblo Querido", "Mi Noche Asuncena". Para entender la verdadera importancia de la figura de Del Paraná, debemos mirarlo en su contexto.  No fue él quien inventó la guarania, ese mérito le pertenece al gran compositor José Asunción Flores. Tampoco fue él quien creó la polca paraguaya, que ya vivía en los patios desde mucho antes de que él naciera. 

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Su genio fue otro. Luis Alberto del Paraná fue el juglar, encargado de exportar estos tesoros nacionales al mundo: el que tomó un idioma musical que apenas cruzaba las fronteras del país y le encontró gramática para que lo entendieran oídos que jamás habían escuchado las particularidades de un arpa paraguaya.

Las cifras lo avalan: más de 100 discos grabados, más de 500 canciones, alrededor de 25 millones de copias vendidas, 8 discos de oro, un Globo de Oro del Mundo Musical. 

Sin embargo, más allá de cualquier número, su importancia radica en lo que representa: un hombre sin formación académica, nacido en un pueblo del interior, convertido en la figura paraguaya de mayor proyección internacional del siglo XX, y eso mucho antes de que existieran internet y el formato destreamingpara acortar las distancias. Cada uno de esos discos fue, literalmente, un viaje: una valija más, un idioma más, un público que hasta ese momento ni sabía que el Paraguay tenía una voz propia.

Su último destello

Esa vida itinerante, esa voz que nos cantaba “Ayer de nuevo yo partí…”, terminó también durante una gira. El 15 de septiembre de 1974, en Londres, un derrame cerebral lo encontró lejos de "su hermosa nación", al decir de su canción más conocida. Sus restos fueron repatriados una semana más tarde, el 23 de septiembre del mismo año y fue enterrado en el Cementerio Italiano, parte del Cementerio de la Recoleta. 

Tenía solo 48 años al momento de su partida definitiva. Paraguay le dio funeral de Estado, pero su legado no murió nunca. Quedó apuntalado la memoria colectiva. Cien años después de su nacimiento y casi 52 años después de su último suspiro, su nombre sigue siendo carta de presentación nacional. 

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Quizás lo que más sorprende, al escucharlo hoy, es lo poco anticuado que suena su gesto fundamental: usar lo propio como pasaporte y no como excusa. En una época en la que la identidad cultural muchas veces se negocia, se diluye o se vende en versión retocada para que resulte exportable, Del Paraná demostró algo que sigue sin caducar: que no hace falta parecerse al mundo para que el mundo te escuche. Hace falta, eso sí, una voz lo bastante segura de su origen como para no pedir permiso.