La flora de Areguá vibra en las pinturas de una artista enamorada de Paraguay
Belén Cuevas Trinidad Editora de Forbes Women Paraguay
Belén Cuevas Trinidad Editora de Forbes Women Paraguay
Pasar por academias tan estrictas como las de San Petersburgo y Florencia dota a todo artista de una estructura técnica impecable: le ofrece una base sumamente firme que permite entender las reglas profundas del oficio. Ese es el caso de María Lyakhovitskaya, artista nacida en Lituania y formada en la Academia Rusa de Artes de Florencia, y el Instituto Académico de Pintura, Escultura y Arquitectura Ilya Repin de San Petersburgo.
Sin embargo, esa formación rigurosa fue apenas el punto de partida de un camino mucho más largo, personal y revelador que la llevaría, con el tiempo, hasta el corazón verde de Paraguay. "Con el tiempo comprendí que la academia solo te da las herramientas de inicio: el verdadero lenguaje y la voz propia se encuentran en el camino autodidacta, en la práctica constante y en el trabajo diario a solas con el lienzo", expresa Masha. Esa convicción guió cada decisión posterior de su trayectoria, desde las aulas europeas hasta los talleres abiertos al aire libre que hoy caracterizan su práctica cotidiana en la capital del Departamento Central.

Su primer encuentro con nuestro país fue en 2019, justo antes de la pandemia. Atravesar ese momento en estas tierras la hizo conectar de una manera muy profunda con el país, y tras un proceso de maduración personal y profesional, decidió establecerse y formalizar su vida y carrera aquí a partir de 2023. "Llegué a Paraguay buscando expandir mis horizontes, huyendo un poco de la luz contenida del norte de Europa y con el deseo de poner a prueba ese bagaje en un entorno completamente nuevo", relata la artista.
La calidez del clima, la generosidad de la gente y una naturaleza tan viva le ofrecieron el espacio ideal para esa exploración solitaria y constante que exige su evolución artística. "Supe que este país se convertiría en mi hogar cuando descubrí Areguá. Encontré aquí el escenario perfecto para volcarme de lleno al plein air y avanzar en mi propia investigación visual. En ese momento entendí que Paraguay ya no era un destino de paso, sino el lugar donde mi pintura iba a madurar, a encontrar su verdadera soltura y a echar raíces", destaca.

Entonces, Masha cambió los talleres cerrados y solitarios por la vegetación al aire libre y el ambiente tranquilo pero estimulante de una ciudad cuya gente la impulsa a crear desde la contemplación. “Vivir en una ciudad como Areguá, que respira el oficio desde la tierra, el barro y el fuego, y que está rodeada de una naturaleza tan presente, reconfiguró por completo mi rutina de trabajo. El ritmo de Areguá me enseñó a desacelerar y a desarrollar una paciencia meditativa para observar los cambios sutiles del día”, menciona nuestra entrevistada.
Ese reencuentro con la lentitud tuvo consecuencias directas en su obra. La transformación estética más inmediata fue la del color. Su encuentro con las tonalidades de esta región fue una experiencia reveladora, casi violenta en su intensidad. "La luz paraguaya representó un choque estético tremendo. En Europa la luz suele ser tamizada, de transiciones suaves. Aquí, es un elemento físico rotundo que envuelve, satura y transforma todo lo que toca, generando contrastes limpios y vibrantes", señala.

Hoy su obra refleja esa fuerza a través de una paleta más audaz y un uso más maduro de la temperatura del color. La vegetación local, con su energía indomable y sus verdes que esconden infinitos matices y secretos cromáticos, la obligó a reinventar su forma de entender el paisaje. "Pero más allá de lo visual, lo que intento plasmar es el pulso de la identidad paraguaya: esa mezcla única de serenidad, resiliencia y una calidez humana que te abraza. No pinto solo lo que veo, sino la energía que se respira aquí", agrega.
Para Masha, su técnica tiene un origen profundamente filosófico. Eligió el impresionismo y la pintura alla prima no como una preferencia estética arbitraria, sino como una postura ante la vida misma. "Elegí el impresionismo y la técnica alla prima porque la vida no sucede en etapas calculadas o segundas intenciones; sucede ahora, en este preciso instante", explica.

En términos más sencillos, Masha emplea una técnica que le permite comenzar y terminar un cuadro casi de un tirón. Alla prima consiste en aplicar los distintos colores uno sobre otro cuando todavía no se encuentran secos y conseguir los colores a través de cómo se va comportando el pigmento en el proceso. Mucha gente asocia erróneamente ese enfoque con la improvisación, pero Masha es enfática al aclarar que es exactamente lo contrario.
"Alla prima exige una estructura mental rigurosa y un respeto absoluto por el oficio: debes calcular y predecir el resultado con varios pasos de antelación. Cada pincelada tiene que estar perfectamente pensada antes de tocar la tela, porque no hay margen para el titubeo. Es justamente ese cálculo preciso lo que permite la frescura y la soltura del trazo", aclara.

La transición entre el análisis y la entrega ocurre en un instante preciso y casi místico. “En el momento exacto en que la pincelada toca la tela, ya no hay espacio para dudar ni para la interferencia del ego. Es un acto de devoción donde la técnica, al estar tan calculada y dominada, se vuelve invisible y da paso a la escucha pura. El lienzo se transforma en un espejo donde la precisión del trazo físico se fusiona con la energía invisible del entorno, permitiendo que la obra respire y vibre por sí misma”, ahonda Masha.
Esa vibración es, precisamente, lo que Masha busca transmitir al espectador. El secreto, según ella, está en el tiempo y el amor dedicados a la observación. En un mundo hiperconectado y sobreestimulado, donde se pasa de largo ante lo más sencillo, la artista propone detenerse. Al trabajar las flores que protagonizan su última colección, La anatomía del espejismo, se detiene a buscar su geometría interna, cómo retienen la luz y cómo habitan el silencio.

“Para que dejen de ser simple materia, me despojo del nombre de las cosas; dejo de ver un objeto o una flor y empiezo a ver ritmos, reflejos y misterio. Al pintar la atmósfera que rodea a las cosas con la misma importancia que a las cosas mismas, el cuadro adquiere una cualidad vibratoria. Se vuelve un portal porque invita al espectador a detenerse, a entrar en un estado de contemplación y a descubrir que lo sagrado no está lejos, sino en la poesía oculta de lo cotidiano”, revela.
Habiendo expuesto en escenarios tan diversos como Europa hasta América Latina, Masha describe con emoción el diálogo único que encuentra con el público paraguayo. En sus exposiciones locales descubre constantemente una reciprocidad genuina donde el espectador paraguayo no necesita mediación intelectual para habitar la obra. al contrario, la conexión es directa, emocional, casi instintiva.

"El público paraguayo tiene una sensibilidad sumamente intuitiva y receptiva. A veces se piensa que para conectar con el arte se necesita un bagaje teórico complejísimo, pero la belleza y la trascendencia hablan un idioma universal que el alma reconoce sin necesidad de explicaciones. La gente no se acerca a mi obra desde una distancia intelectual o fría; se acerca desde la emoción y la vivencia compartida. Conectan con la luz, con la nostalgia de un destello o con la fuerza de la naturaleza porque la reconocen como propia", finaliza.