La historia podría volver a repetirse con la llegada de la Selección de Paraguay al Mundial de fútbol. En la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010, cada jugador demostró que la raza guaraní era más fuerte de lo que muchos creían y que podía llegar tan lejos como se lo propusiera.
Hoy, la oportunidad vuelve a abrirse para la Albirroja, pero en medio de cambios significativos dentro del fútbol, no solo en términos de planteles y protagonistas, sino también en la forma en que los aficionados lo consumen.
Justo Wilmar Villar Viveros, arquero mundialista y el segundo jugador con más partidos de la Albirroja, hoy Director Deportivo de la Albirroja, señaló que el fútbol cambió en su forma de ver, de vivir y de entrenar, lo que sugiere que no sólo fue dentro de las canchas sino también en las salas de reuniones, con los directivos.
Esto también viene de la mano, de la evolución que tuvieron los clubes, que según Villar, fueron pasando de una institución social a convertirse en una empresa. “El fútbol termina siendo hoy un día un negocio que obviamente forma parte del mundo empresarial, donde mucha gente que tiene dinero se quiere involucrar”, acotó.
Pero más allá de eso, Villar hace hincapié en lo que representa tanto para los jugadores como para los aficionados el poder llegar a un mundial. Explicó que el impacto del cambio lo vivió la selección tras haber quedado fuera por mucho tiempo, lo que refleja la importancia de ajustarse a los cambios.
En ese sentido, mencionó que la ilusión de las personas creció también, aún más, al ver a los jugadores paraguayos que van afuera y la calidad que tienen, lo que evidencia un crecimiento importante del fútbol en el país.
“Nosotros podemos tener buenos individuos dentro del fútbol, pero al no ser un equipo no podemos y no logramos llegar a las metas y eso es lo que en este tiempo se pudo lograr”, agregó Villar.
Los tres componentes del éxito
Villar tiene clara la diferencia entre apoyar a un club y a la selección de un país, y lo relaciona directamente a la pasión. Teniendo en cuenta eso, indicó que, para él, existen 3 componentes importantes para mantener el ánimo dentro del plantel y que eso se transfiere a los aficionados.
“Hay tres valores que son muy importantes dentro de la selección. Uno, la pertenencia, porque cuando uno siente que pertenece, siente que tiene valía. Ahí ya tenemos dos valores, y por último, es ser competente. Las tres cosas que necesitamos tener para que nuestra selección sea fuerte, para que nos sintamos fuertes, unidos como grupo y eso no solamente parte del grupo de jugadores, sino que también del ecosistema del fútbol”, acotó.
Explicó que más allá de la capacidad de los estadios, la importancia radica en lo que el equipo contagia de adentro para afuera. Especificó que, si muestran unidad, eso permea en las personas y generará el efecto positivo que buscan, que acompañen a la selección cuál sea el lugar donde disputarán su partido.
La confianza, la fuerza de los goles
Marcar un gol genera una sensación indescriptible, no sólo en los jugadores, sino también en las personas que asistieron al partido. Villar sostiene que cada tanto ya se marca antes de entrar al campo de juego, lo que sugiere que cada partido ya se gana fuera de la cancha.
Para él, cada situación —tanto en la derrota como en la victoria— va moldeando la mente y termina influyendo de manera decisiva en el resultado. Cuando un jugador viene ganando, entra con confianza, como si comenzara el partido “medio a cero” a favor; en cambio, cuando pierde, la desconfianza puede jugarle una mala pasada y hacer que arranque en desventaja, también “medio a cero”.

En cuanto al logro de este último periodo, camino al mundial, indicó que sirvió como fuerte impulso el hecho de haber ingresado a cuatro mundiales y la sed crecer aún más.
“Creo que como selección todo el mundo quería dar un paso más, y no esperar tanto, ir a la contra y presionar, sino que jugar un poco más la pelota, que pensábamos que tenían los jugadores. Pero nuestra manera de entrenar, de crecer como jugadores desde las juveniles, no nos permitió llegar a eso, nos enredamos un poco y entonces tuvimos que volver a la base hoy. Y hoy la gente sí quiere ganar como sea otra vez”, agregó.
El legado que hoy sostiene la Albirroja no se construyó de la noche a la mañana. Justo Villar insiste en que todo parte de la base: identidad, pertenencia y competencia. “Si partimos de lo que somos, y vamos creciendo paso a paso, tomando decisiones acertadas, vamos a mejorar y competir muchísimo mejor”, asegura.
Para él, la historia del fútbol paraguayo siempre tuvo un sello particular: un estilo más guerrero, más de equipo que de talento individual, diferente a lo que se ve en Brasil o Argentina. Pero ese carácter, advierte, necesita ir acompañado de nuevas herramientas para poder competir al más alto nivel.
La ansiedad de acelerar procesos, de buscar atajos, puede confundir incluso al jugador más experimentado; la clave, dice, está en volver a la base, fortalecer al grupo y confiar en los fundamentos.
Esa confianza, sin embargo, no se limita al campo de juego. Villar recuerda momentos históricos de la selección, como los penales ante Japón, donde la tensión no solo recaía en los que pateaban, sino en quienes estaban al frente del equipo, atentos a cada detalle.
Cada decisión, cada observación, formaba parte de un plan más grande: entender la psicología del jugador, anticipar movimientos, mantener la calma ante la presión y convertir la adversidad en aprendizaje.
“La gente no se acuerda si atajé un penal o se desvió. La gente se acuerda de un grupo que dejó todo en la cancha, que se sintió orgulloso de representar a su país”, reflexiona Villar. Esa misma mentalidad guía hoy a la Albirroja: primero pensar como equipo, después pensar en el resultado.
La experiencia acumulada por Villar a lo largo de tres mundiales como jugador también le sirvió para transmitir a las nuevas generaciones la importancia de la preparación integral. No basta con ser físicamente apto; la preparación mental, emocional y académica se ha vuelto tan crucial como entrenar en la cancha.

Los jugadores jóvenes deben entender que el fútbol profesional es una carrera de largo plazo, que la vida después de los reflectores empieza desde temprano y que la disciplina y la constancia son las bases del éxito.
“El fútbol no puede ser una excusa para no prepararte para el resto de tu vida”, subraya. Esa filosofía ahora se refleja en los proyectos de formación de la Asociación Paraguaya de Fútbol, como el Cardiff, donde se entrenan no solo aspectos técnicos y físicos, sino también valores, responsabilidad y desarrollo académico.
De la cancha a la oficina
Pero Villar no se detiene en la teoría. Habla de la transición de jugador a ejecutivo, de la necesidad de dejar atrás la camiseta y aprender a manejar equipos, presupuestos y decisiones estratégicas.
Reconoce que no fue un cambio fácil: adaptarse a nuevos roles, interactuar con subordinados y colegas, pensar más allá del partido inmediato, requiere la misma concentración y disciplina que un partido de alto nivel. Y aún así, destaca, la pasión por el fútbol sigue intacta; no se pierde porque se cambia de función, sino que se transforma en liderazgo, visión y ejemplo para los demás.
Todo esto se refleja en la actual generación de jugadores. Villar resalta la importancia de combinar talento individual con cohesión grupal. “Podemos tener buenos individuos, pero si no somos un equipo, no logramos metas. Hoy podemos confiar en nuestros jugadores, en que somos un buen grupo, un buen equipo”, explica.

Esa confianza, sumada a la preparación mental, al aprendizaje de los errores y a la disciplina constante, permitió enfrentar a rivales históricamente superiores, como Brasil o Argentina, con valentía y estrategia, demostrando que Paraguay puede competir al más alto nivel.
Hoy, mientras la Albirroja se prepara para el próximo Mundial, la visión de Villar es clara: construir sobre lo logrado, mantener la unidad y seguir formando jugadores completos. La historia no se repite por casualidad; se construye con trabajo, resiliencia y, sobre todo, con corazón guaraní.
Cada gol, cada penal, cada partido es un recordatorio de que el fútbol es más que un juego: es identidad, es pasión, es comunidad y es ejemplo para las nuevas generaciones. Y sobre todo, es la prueba de que, con disciplina y perseverancia, los sueños que comenzaron en pueblos como Cerrito pueden llegar a las canchas más grandes del mundo.