Anatomía de un guaraní fuerte: por qué cayó el dólar 24% en un año
Por MFin Marcelo Wagner · Wagner Economics

Cuando un amigo me preguntó qué iba a pasar con el dólar, creí que lo sabía. Escribí un modelo, me equivoqué en lo conceptual, y tuve que volver a las bases. Esta es la historia de lo que encontré: que la clave no está en cuánto interviene el Banco Central, sino con quién.

I. La llamada

—Marcelo, ¿qué va a pasar con el dólar?

La pregunta me llegó por teléfono poco después de que estallara la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos, de boca de un amigo que, como tantos, miraba la pantalla de su home banking con una mezcla de incredulidad y nervios. Y tenía todo el derecho a estar nervioso. En junio de 2025 un dólar costaba cerca de 7.956 guaraníes; para mediados de mayo de 2026 había caído a 6.166, y mientras escribo estas líneas el tipo de cambio referencial del Banco Central cerró en 6.020 guaraníes. El dólar perdió cerca de un 24% de su valor en menos de un año. Visto desde el otro lado, el guaraní se apreció más del 30%. El número exacto depende de cómo se lo mire, pero la sensación es una sola: nuestra moneda, lejos de encontrar un piso, sigue mostrando una fuerza que pone nervioso a todo el mundo.

Figura 1

La caída del dólar frente al guaraní, junio 2025 – mayo 2026

Nota. Tipo de cambio referencial promedio. Fuente: elaboración propia con datos del Banco Central del Paraguay.

Y conviene decirlo sin rodeos: para un país pequeño y agroexportador como el nuestro, una caída tan pronunciada del tipo de cambio rara vez es una buena noticia. El exportador cobra menos guaraníes por la misma soja, la misma carne, la misma energía. Lo paradójico es que esta apreciación nos llegó en el peor momento imaginable, justo cuando todavía estábamos asimilando el golpe inverso: el precio de la energía importada, el petróleo y sus derivados, los fertilizantes, se había disparado por las nubes.

Déjenme ponerlo en términos que cualquiera que maneje un auto sintió en el bolsillo. Tengo la costumbre —algo obsesiva, lo admito; los que me conocen saben que me gustan los números— de anotar en mi teléfono cada carga de combustible. El 10 de marzo de 2026, el litro de diésel S10 Podium de Copetrol me costaba 8.050 guaraníes. Para fines de marzo ya estaba en 9.700. Y antes de la primera quincena de abril rompió la barrera psicológica de los 10.000, hasta tocar los 10.650 guaraníes el litro. Un salto de más del 30% en cuestión de semanas, registrado nota por nota en mi celular.

¿Qué había detrás de esa disparada? Una guerra a miles de kilómetros. El conflicto entre Israel, Irán y Estados Unidos había escalado, y con él la amenaza de cierre del estrecho de Ormuz, esa angosta vía marítima por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial. Cuando el mercado teme que se corte ese flujo, el precio del crudo salta, y el Brent llegó a trepar hacia los 80 dólares el barril. El combustible que yo cargaba en mis idas y vueltas entre Fernando de la Mora y Asunción era, en el fondo, un eco lejano de un estrecho que la mayoría de mis compatriotas no podría ubicar en un mapa.

Y acá es donde la película se vuelve confusa. Porque teníamos, al mismo tiempo, dos señales que apuntaban en direcciones opuestas. Por un lado, un costo de la energía en alza, que todos sabemos que tarde o temprano se filtra a la inflación. Por el otro, una moneda local que, en plena guerra, en vez de debilitarse, se fortalecía. Y eso contradecía frontalmente lo que dice el manual.

La teoría económica ortodoxa es clara en estos casos: cuando estalla un conflicto geopolítico, el dólar se convierte en activo refugio, el lugar donde el capital del mundo corre a guarecerse de la tormenta. Las monedas de las economías pequeñas y abiertas como la nuestra, en ese guion, se deprecian casi por reflejo. El dólar tenía que subir. Y, sin embargo, hacía exactamente lo contrario.

Esa contradicción fue la que me atrapó. Tanto, que escribí un primer documento de trabajo entero tratando de entender cómo la guerra de Irán afectaría a nuestra moneda —algunos de ustedes quizás lo leyeron—. Llegué a una conclusión y, francamente, creí que había encontrado la respuesta.

Me equivocaba. O, para ser más justo conmigo mismo: había acertado el resultado por un camino que no terminaba de entender. Este artículo es la historia de cómo, meses después, tuve que romper aquel modelo y volver a empezar desde las bases. Y de lo que encontré cuando lo hice.

II. El profesor que me hizo dudar

El empujón para replantearlo todo no vino de la econometría, sino de la lectura de dos artículos.

En mayo de 2026, José Cantero publicó dos columnas que me obligaron a frenar en seco. No es un comentarista cualquiera: Cantero fue presidente del Banco Central del Paraguay entre 2018 y 2023 y, mucho antes de eso, mi profesor en la Universidad Católica. Cuando alguien que condujo la autoridad monetaria seis años se sienta a escribir sobre cómo funciona por dentro esa institución, lo sensato no es debatir de entrada: es escuchar con atención.

La primera columna (Cantero, 2026a) describía una conducta llamativamente asimétrica del Banco Central. Durante 2024 y buena parte de 2025, el ente había intervenido con enorme intensidad para frenar la depreciación del guaraní, vendiendo divisas y, en el proceso, secando la liquidez en guaraníes del sistema financiero. Y luego, cuando la corriente del mercado se dio vuelta y el dólar empezó a caer, simplemente desapareció: dejó correr la apreciación sin oponer resistencia. Primero secó el mercado; después se retiró de él.

La segunda (Cantero, 2026b) iba todavía más al fondo. Allí planteaba una hipótesis incómoda: que Paraguay se había deslizado, sin anuncio oficial ni cambio de norma, desde su esquema declarado de metas de inflación hacia un régimen híbrido, en el que el tipo de cambio pasó a ocupar —de facto— el papel de instrumento principal de la política, relegando a la tasa de interés a un rol secundario.

Leerlo me dejó una incomodidad que no podía ignorar. Yo había tratado la intervención del Banco Central como una sola palanca: compra dólares o vende dólares, sube o baja la presión. Una palanca, dos direcciones. Lo que esa lectura sugería, y que a mí ni se me había cruzado, es que la palanca podía tener más de un mecanismo por dentro.

Así que hice lo único que me pareció honesto: rompí el modelo y volví a los datos crudos del Banco Central, sin supuestos previos sobre qué variable importaba. Quería reconstruir la historia desde el balance, no desde mi intuición.

III. Volver a las bases

Antes de contar qué encontré, necesito detenerme un momento en las reglas de juego. Porque buena parte de la confusión pública sobre el dólar nace de un malentendido sobre qué es, exactamente, lo que el Banco Central puede y no puede hacer.

La Carta Orgánica del Banco Central —la ley que define su mandato— le encomienda preservar la estabilidad del valor de la moneda. Eso suena abstracto, así que conviene traducirlo. «Estabilidad del valor de la moneda» significa, ante todo, que el dinero no pierda poder de compra adentro de las fronteras: es decir, controlar la inflación. Para eso el Banco Central adoptó, desde 2011, un esquema de metas de inflación, donde su herramienta principal es la tasa de interés de referencia. Ahora bien, conviene no confundir dos cosas que se parecen pero no son iguales: estabilizar los precios internos no es lo mismo que estabilizar el tipo de cambio. Son objetivos distintos, y aquí está la clave de todo el artículo: a veces entran en conflicto, y perseguir uno obliga a sacrificar capacidad de maniobra sobre el otro. Sobre las consecuencias de ese conflicto —cómo tocar el dólar afecta la liquidez del sistema financiero— volveré más adelante, porque son el corazón de esta historia.

Lo que la Carta Orgánica no dice por ningún lado es que el Banco Central deba sostener un tipo de cambio competitivo para los exportadores, ni defender un piso para el dólar. La cotización, en el diseño formal, es una variable que flota; la inflación es el objetivo declarado. El tipo de cambio puede tocarse solo para atenuar oscilaciones bruscas, no para fijar un nivel.

Y, sin embargo, quien lea con atención los comunicados del Comité de Política Monetaria —el órgano que cada mes decide la tasa de referencia— se topa con una presencia constante, casi obsesiva: el tipo de cambio. Reunión tras reunión, el comportamiento del dólar aparece en las consideraciones del directorio, aunque el esquema oficial diga que no es un objetivo. Esa brecha entre lo que la norma declara y lo que la práctica revela tiene nombre en la literatura económica, y no es un invento paraguayo.

Calvo y Reinhart (2002) lo bautizaron «miedo a flotar» (fear of floating): la tendencia, documentada en numerosas economías emergentes, de declarar un régimen de tipo de cambio flexible mientras se interviene sistemáticamente para evitar que la moneda se mueva demasiado. Las razones son entendibles, y todas aplican a Paraguay: en una economía donde el 44,6% del crédito al sector privado está en dólares (BCP, 2026), una devaluación brusca golpea los balances; y como el tipo de cambio se traslada rápido a los precios, dejarlo correr complica la meta de inflación. Para el caso paraguayo, el Fondo Monetario Internacional (2009) ya había advertido que la política monetaria local estaba guiada más por el tipo de cambio que por la inflación, y que ese «miedo a flotar» tendía a perpetuarse. No estoy descubriendo nada nuevo: me estoy parando sobre hombros que ya habían señalado el fenómeno.

Hay un marco teórico que ordena toda esta tensión, y es el famoso trilema de Mundell (1963). La idea es elegante: un país no puede tener las tres cosas a la vez. No puede, simultáneamente, mantener un tipo de cambio estable, dejar entrar y salir capitales con libertad, y conservar el control pleno de su política monetaria. Puede elegir dos, pero la tercera se le escapa.

Figura 2

El trilema de Mundell: lo que Paraguay elige y lo que sacrifica

Fuente: elaboración propia sobre la base de Mundell (1963).

Paraguay, con una cuenta de capitales bastante abierta y un esquema que presume autonomía monetaria, debería —según el manual— dejar flotar el tipo de cambio sin más. Pero el «miedo a flotar» lo empuja a intervenir. Y ahí queda atrapado en la tensión del trilema: cada vez que el Banco Central toca el tipo de cambio para suavizarlo, paga un precio en otro lado del sistema. Cuál es ese precio, y quién lo paga, es precisamente lo que mi primer modelo no veía. Lo entendí recién cuando encontré, en un cuadro estadístico que había mirado decenas de veces sin prestarle atención, que el Banco Central no interviene en un mercado: interviene en dos.

IV. Dos canales, no uno

El cuadro se llama, sin ninguna épica, «Operaciones del Banco Central en el mercado de cambios». Lo había usado antes, pero siempre mirando la última columna: el total. Lo que no había hecho nunca era leer las columnas que desagregan ese total según con quién operó el Banco Central. Y ahí estaba la pieza que me faltaba: el Banco Central no interviene en un mercado indiferenciado. Opera con dos contrapartes de naturaleza opuesta.

El primer canal es el Sector Financiero: los bancos. En los últimos años el Banco Central salió a este mercado casi siempre en una sola dirección —a vender dólares para frenar la suba del tipo de cambio—, en una intervención esencialmente defensiva. Y como los bancos pagan esos dólares con guaraníes, cada venta drena liquidez en moneda local de manera inmediata: vender dólares y secar guaraníes son, en este canal, el mismo acto. La Figura 3 muestra ese arco con claridad: una intervención intensa durante 2024 y buena parte de 2025 que, hacia 2026, se apaga casi por completo. El Banco Central vendió fuerte y, cuando la sequía de liquidez empujó las tasas, se retiró del mercado.

Figura 3

Canal Sector Financiero: venta intensa y posterior retiro del BCP

Nota. Operaciones netas trimestrales del BCP con el sistema financiero; valores negativos indican venta de divisas. Fuente: BCP, Anexo Estadístico (Cuadro 20).

El segundo canal es el Sector Público: el propio Estado. Acá la lógica se invierte. El Estado recibe dólares de forma permanente —regalías de Itaipú y Yacyretá, recaudación aduanera, desembolsos de deuda externa— y, como necesita guaraníes para operar dentro del país, se los vende al Banco Central a cambio de moneda local. En este canal el Banco Central no busca mover el precio del dólar: actúa casi como una caja, monetizando los ingresos en divisas del Estado. La diferencia entre ambos canales es, entonces, la que separa una decisión de un trámite: el canal financiero es un acto deliberado de política cambiaria; el público, un reflejo administrativo que ocurre con independencia de dónde esté el tipo de cambio. Mi primer modelo los había confundido en uno solo. Ese era el error.

El volumen de ese segundo canal es lo que sorprende. Como ilustra la Figura 4, entre junio de 2024 y abril de 2026 el Sector Público volcó sobre el mercado, a través del Banco Central, alrededor de 1.190 millones de dólares —repartidos entre energía, aduana y financiamiento externo—, sin que ninguna de esas operaciones respondiera a una decisión cambiaria. Una marea de dólares de origen estructural.

Figura 4

La marea de dólares del Sector Público: USD 1.190 millones

Fuente: elaboración propia con datos del BCP, Anexo Estadístico (Cuadro 20), junio 2024 – abril 2026.

Lo revelador es que esas tres fuentes comparten un rasgo: ninguna mira la cotización del dólar antes de actuar. Itaipú no decide cuántos dólares transferir según cómo cerró el guaraní; la aduana recauda según el comercio; el Tesoro coloca bonos cuando se abre la ventana internacional. Es una oferta de divisas que cae sobre el mercado por razones ajenas a su precio: el flujo del Estado entra por calendario, no por cotización. Mi modelo lo confirma —ese flujo no reacciona al tipo de cambio, a diferencia del canal financiero, que sí lo hace—. Y descarté una sospecha razonable: que fuera en realidad el ciclo de la soja el que moviera todo por detrás. No es el caso; al incluir las exportaciones sojeras en el análisis, el peso del canal del Estado se mantiene casi idéntico (Wagner, 2026).

V. La asimetría que lo explica todo

Hasta acá tenemos dos canales: uno que drena guaraníes (la venta a los bancos) y otro que los inyecta (la compra al Estado). La pregunta natural es: ¿no se compensan? Si el Banco Central saca guaraníes por una puerta y los mete por la otra, ¿no debería quedar todo equilibrado?

La respuesta es no, y es la pieza central de este trabajo: lo que en mi documento de trabajo bauticé como Asimetría Temporal de Transmisión Monetaria. El nombre es aparatoso, pero la idea es simple: los dos canales no operan a la misma velocidad. Uno drena rápido; el otro inyecta lento. Y esa diferencia de tiempos, sostenida durante meses, lo cambia todo.

Cuando el Banco Central vende dólares a los bancos, los guaraníes desaparecen del sistema en el acto: el banco entrega los guaraníes hoy y hoy mismo tiene menos liquidez. El canal del Estado funciona al revés: los guaraníes que el Banco Central le paga al Tesoro no llegan a los bancos de inmediato, sino que se filtran lentamente, a medida que el Estado los gasta en sueldos, jubilaciones, obras y proveedores. Uno actúa en semanas; el otro tarda varios meses. Mi modelo econométrico confirma que esa diferencia de velocidad entre los dos canales es real y no producto del azar: el Banco Central drena la liquidez mucho más rápido de lo que la repone. Esa única asimetría —rápido para sacar, lento para devolver— es el corazón de toda la historia, y la Figura 5 la resume.

Figura 5

La asimetría de los dos canales del Banco Central

Nota. El canal financiero drena liquidez con mayor rapidez que el canal público al reponerla. Fuente: elaboración propia (Wagner, 2026), sobre datos mensuales del BCP, 2018–2026.

Conviene aclarar que esta asimetría no es una ocurrencia mía. La idea de que las absorciones y las inyecciones de liquidez se transmiten a velocidades distintas está documentada en la literatura monetaria, y para el caso paraguayo existían antecedentes que apuntaban en esa dirección. Mi aporte fue medirla y separarla por contraparte. Y la probé por todos lados: el resultado se mantiene aunque cambie los supuestos sobre cuánto del gasto público llega a la banca. No depende de un número afortunado.

Hay, además, una segunda filtración, y esta es muy paraguaya: no todo el gasto público llega al circuito bancario formal. Para cuantificarla estimé qué fracción del gasto del Estado termina efectivamente en el sistema financiero —un parámetro que en el modelo llamo φ—. El resultado es 0,70: alrededor del 70% del gasto público se bancariza; el 30% restante se diluye, al menos por un buen tiempo, en circuitos informales. Y ese número no surge de una informalidad promedio del país, sino de algo más fino: pesé cada componente del gasto público por la informalidad real de quien lo recibe. Los salarios públicos (con una informalidad de poco más del 20%, porque no todo empleado estatal está formalizado) y las jubilaciones se bancarizan casi por completo; en cambio, las transferencias sociales y el gasto en obras públicas —donde la informalidad supera el 70%— se filtran mucho más. La suma ponderada da ese 70% (Wagner, 2026). Importa distinguir dos cosas que suelen mezclarse: φ mide cuánto del gasto llega a la banca, no cuándo —la velocidad la capturan los rezagos del modelo—. Y como cada componente del gasto tiene su propia informalidad, el filtro no es parejo: es un punto que retomaré en un próximo análisis, porque sus consecuencias exceden a este artículo.

Ahora juntemos las dos mitades. Durante 2024 y 2025 el Banco Central drenó guaraníes rápido e inyectó guaraníes lento. El resultado, sostenido en el tiempo, fue un sistema financiero crónicamente corto de moneda local. Y cuando los guaraníes escasean, su precio —la tasa de interés— sube, no porque el Banco Central lo decida, sino como efecto colateral de la mecánica cambiaria.

Esto explica un fenómeno que de otro modo sería un misterio, y que Cantero (2026b) había señalado: durante todo ese período, las tasas de mercado subieron y se despegaron de la tasa de política monetaria, que el Banco Central mantuvo casi sin cambios en torno al 6%. La Figura 6 muestra esa desconexión con elocuencia: dos líneas que marchan juntas durante años y se separan a partir de 2024. ¿Cómo pueden subir las tasas si el Banco Central no las tocó? Porque el costo del dinero dejó de obedecer a su decisión y pasó a obedecer a la escasez de guaraníes que la propia intervención cambiaria generaba. La tasa no subió por una orden; subió por sed de liquidez.

Figura 6

La desconexión entre la tasa de política monetaria y la tasa de mercado, 2018–2026

Fuente: elaboración propia con datos del BCP, Anexo Estadístico (Cuadro 31) y comunicados del Comité de Política Monetaria.

Esa desconexión es, quizás, la consecuencia más seria del episodio. Cuando la tasa de mercado deja de seguir a la tasa de referencia, el Banco Central pierde su principal herramienta: la tasa de política se vuelve una señal que el mercado ya no escucha. Y ahí está, probablemente, la razón de fondo por la que el Banco Central terminó retirándose del mercado cambiario. Seguir vendiendo dólares habría seguido drenando guaraníes y profundizando la desconexión, debilitando aún más su instrumento monetario. Dejar de intervenir fue, en parte, un intento de no seguir erosionando la liquidez del sistema.

VI. ¿Para dónde va el dólar?

Llegamos a la pregunta de mi amigo, la que abrió todo: ¿qué va a pasar con el dólar? Antes de responder, una aclaración necesaria, porque hasta acá podría haber dado una impresión equivocada. No estoy diciendo que el tipo de cambio dependa solo de lo que haga el Banco Central. El guaraní responde, y mucho, a fuerzas que no controla nadie en Asunción.

Mi modelo identifica tres grandes fuerzas detrás del nivel del tipo de cambio, y conviene ponerlas en su justa proporción. La Figura 7 las compara, midiendo cuánto mueve al dólar un movimiento típico de cada una. La más potente —y la más robusta estadísticamente— es la intervención del Banco Central en el Sector Financiero: un giro habitual en su política de ventas a los bancos puede mover el tipo de cambio en torno a 200 guaraníes. Le sigue, en segundo plano, la fortaleza global del dólar (el índice DXY): cuando el dólar se debilita en el mundo, como pasó el último año, el guaraní se aprecia, con un efecto cercano a 120 guaraníes. Y, algo más atrás, el riesgo país medido por el EMBI, cuyo efecto es menor y estadísticamente menos nítido una vez que se controla por la tendencia de largo plazo.

Figura 7

Qué mueve al dólar: impacto comparado de cada factor

Fuente: elaboración propia (Wagner, 2026). Efecto sobre el tipo de cambio de una variación de una desviación estándar de cada factor.

El orden importa, porque desarma un lugar común. Suele decirse que el guaraní está fuerte «porque bajó el riesgo país» o «porque el dólar está débil en el mundo». Ambas cosas empujan en esa dirección, pero mi modelo muestra que ninguna es el factor que más manda: el que más mueve la aguja es la conducta del Banco Central. Los fundamentos externos inclinan la cancha; quien decide a qué velocidad rueda la pelota es la autoridad monetaria.

Hecha esa aclaración, y sin restarle peso a los factores externos, este artículo se concentró en la fuerza que más pesa y que mejor podemos leer: la conducta del Banco Central. La razón es práctica. El riesgo país y el dólar global no los decide nadie en Asunción; son el telón de fondo. La intervención —o su ausencia— es la única palanca local, y es la que mejor entendemos una vez distinguidos sus dos canales. Por eso, para pensar hacia dónde va el dólar, conviene mirar qué está haciendo, y qué no, la autoridad monetaria.

Y hoy el Banco Central tiene pocos incentivos para cambiar de conducta. Su mandato es la inflación, y un guaraní fuerte juega a su favor: abarata todo lo importado y ayuda a cumplir la meta. Mientras la apreciación colabore con la estabilidad de precios, lo más probable es que el Banco Central siga haciendo lo que viene haciendo —dejar correr la fuerza del guaraní—, porque resistirla tendría un costo que ya conoce. Como vimos, las veces que intervino con fuerza terminó secando la liquidez y desconectando las tasas de mercado de su propia tasa de referencia. Salir a defender un nivel del dólar significa, en los hechos, dañar el instrumento monetario con el que conduce la inflación. Por eso la pasividad actual no es casual: es la opción que menos le cuesta.

Con todo eso sobre la mesa, ¿qué dice el modelo sobre los próximos meses? La respuesta es más sencilla de lo que el recorrido haría suponer. Si el Banco Central conserva la postura pasiva que mantiene hoy, las fuerzas que empujan al guaraní —la marea de dólares del Estado y un contexto externo favorable— no tienen por qué aflojar. El dólar, lejos de rebotar, tiende a mantenerse en torno a su nivel actual, e incluso a ceder un poco más.

Me animo a poner un número sobre la mesa, porque creo que un análisis que no se arriesga a una predicción concreta no termina de ser útil. Mientras el Banco Central conserve su postura actual, mi modelo proyecta un dólar que se mantiene por debajo de su nivel de hoy, con un valor más probable en torno a los 5.900 guaraníes dentro de los próximos doce meses. No es una corazonada: el modelo que sostiene esa proyección fue puesto a prueba contra lo que realmente ocurrió en el último año, y su error promedio fue inferior al 4%.

Conviene ser honesto sobre lo que esto significa y lo que no. No estoy afirmando que el dólar valdrá exactamente 5.900 guaraníes; estoy diciendo que, salvo un cambio de conducta del Banco Central o un shock externo de magnitud —un salto del riesgo país, un dólar global que se fortalezca de golpe—, la fuerza estructural que mantiene fuerte al guaraní no tiene por qué desaparecer en los próximos meses. Quien hoy planifica su 2027 sobre la base de un dólar que «tiene que» volver a 7.000 o más está apostando contra lo que indican los datos.

VII. Lo que aprendí en el camino

Vuelvo al principio. Un amigo me preguntó qué iba a pasar con el dólar, creí que lo sabía, escribí un primer modelo, y resultó que había acertado el resultado sin entender del todo el mecanismo. La lectura de quien condujo el Banco Central durante seis años me obligó a frenar, romper lo que había hecho y volver a las bases. Y en ese regreso encontré algo que estaba a la vista de todos, en un cuadro estadístico que cualquiera puede descargar: que el Banco Central no tiene una palanca, sino dos, y que operan a velocidades distintas.

Si tuviera que resumir la lección en una sola frase, sería esta: en Paraguay, el tipo de cambio y la liquidez no son dos políticas separadas, sino dos caras de la misma moneda. Cada vez que el Banco Central toca el dólar, mueve la liquidez del sistema; y cada vez que mueve la liquidez, toca el dólar. Entenderlo no es un lujo académico: es lo que separa a quien planifica con un mapa correcto de quien navega a ciegas.

Queda una pregunta más grande, que excede a este artículo y que prefiero dejar abierta. Si un guaraní tan fuerte beneficia a unos sectores y golpea a otros, ¿quiénes son los ganadores y quiénes los perdedores de esta historia, y qué le pasa a la recaudación y al empleo del país cuando la moneda se aprecia tanto y por tanto tiempo? Esa es harina de otro costal —y el tema de mi próximo análisis—.

Por ahora, me conformo con haber respondido la pregunta original con un poco más de humildad de la que tenía cuando empecé. El dólar cayó casi un 24% no por una sola razón, sino por una mecánica que tardé en entender y que, una vez vista, ya no se puede dejar de ver. A veces, entender por qué nos equivocamos vale más que haber acertado.

Apéndice. El modelo en una ecuación

Para el lector técnico, el corazón del modelo es una relación de equilibrio de largo plazo del tipo de cambio nominal, estimada sobre 100 observaciones mensuales (2018–2026):

TCₜ = β₀ + β₁ DXYₜ + β₂ EMBIₜ + β₃ Intervención_SFₜ + β₄ tendenciaₜ + εₜ

El modelo explica el 81% de la variación del tipo de cambio y predice con un error medio inferior al 4%. La intervención en el Sector Financiero es el único determinante significativo al 1% en todas las submuestras. Sobre esa relación de largo plazo se monta un modelo de corrección de errores que captura la dinámica de corto plazo y permite estimar las velocidades de transmisión de cada canal —el núcleo de la Asimetría Temporal—. La metodología completa, las pruebas de robustez (cointegración, quiebre estructural de Chow, contraste de Wald sobre la igualdad de canales, test placebo) y el detalle de las fuentes están desarrollados en el documento de trabajo (Wagner, 2026), disponible para quien quiera revisar la cocina entera.

Referencias

Calvo, G. A., & Reinhart, C. M. (2002). Fear of floating. The Quarterly Journal of Economics, 117(2), 379–408.

Cantero Sienra, J. (2026a, 7 de mayo). Primero secó, luego desapareció [Artículo]. LinkedIn.

Cantero Sienra, J. (2026b, 17 de mayo). ¿El fin de las metas de inflación? [Artículo]. LinkedIn.

Banco Central del Paraguay. (2026). Anexo Estadístico del Informe Económico (Cuadro 24a: Créditos de bancos y financieras al sector privado). BCP.

Fondo Monetario Internacional. (2009). Paraguay: Addressing the Stagnation and Instability Trap (Departmental Paper). FMI.

Mundell, R. A. (1963). Capital mobility and stabilization policy under fixed and flexible exchange rates. The Canadian Journal of Economics and Political Science, 29(4), 475–485.

Wagner, M. (2026). Asimetría Temporal de Transmisión Monetaria: intervención cambiaria del BCP y sus implicancias sobre el canal de transmisión (Documento de Trabajo Wagner Economics N.º 2026-05). Wagner Economics.