En medio del ritmo acelerado de Asunción, una nueva forma de vivir el café empieza a ganar terreno: el street coffee. Lejos del formato tradicional de cafetería de salón, esta tendencia apuesta por la cercanía, la experiencia al paso y el contacto directo con el cliente.
En Paraguay, Perro Blanco comienza a reimpulsar esta tendencia en Paraguay, se trata de un emprendimiento de Sebastián Rolón y Cesia Ashmore, nacido desde una ventanita en el barrio Catedral de Asunción. Hoy se posiciona como referente de una cultura cafetera más accesible y comunitaria.
La historia comenzó hace apenas cuatro meses, pero con una intensidad poco habitual. Sebastián, con cinco años de experiencia en el mundo del café, buscaba una manera de equilibrar su vida personal con su vocación. La idea inicial era montar un carrito para eventos, pero una prueba frente a su casa cambió el rumbo.
La curiosidad de los vecinos, las fotos compartidas en redes y el boca a boca hicieron así que la iniciativa tome una forma más concreta. Posteriormente, una vereda, en Iturbe casi Manuel Domínguez, Perro Blanco se instaló para reinstalar una nueva cultura cafetera, con tazas de especialidad “directas para llevar”.
La especialidad al paso
El formato callejero no es casual, pues el coffee car reduce costos fijos y permite ofrecer café de especialidad a precios más accesibles, rompiendo con la idea de que se trata de un lujo. En lugar de grandes campañas de marketing, el crecimiento fue orgánico, con clientes que se acercan, preguntan, prueban y recomiendan.
El propio público se convirtió en difusor de la marca, atraído también por el storytelling que rodea al emprendimiento, donde la figura de Billie, la perrita que se asomaba a la ventana y por la cual nace el nombre de la iniciativa, terminó de consolidar la identidad.
Más allá de la venta, Cesia Ashmore puntualizó que el diferencial está en la experiencia, pues Perro Blanco no solo sirve café, también educa. Trabajan con granos provistos por Totem, que importa café verde de distintos orígenes y lo tuesta en el país, resaltando perfiles y procesos.
La conversación con el cliente incluye explicar diferencias entre café comercial y de especialidad, métodos de filtrado y características de cada origen, con lo cual se construye también una cultura cafetera, más allá de contar con un “café al paso”. El objetivo es que más personas descubran que pueden disfrutar su taza sin azúcar ni edulcorante, reconociendo matices propios del grano.
Más que tomar café
Para Cesia, el ritual del disfrute cafetero es clave en todo proceso. “Parar y tomarte el tiempo de hacer un café es un alto en medio de todo lo que hacemos rápido. Es un ritual que te conecta”, señaló.
Esa pausa, trasladada al espacio público, adquiere una dimensión social, con clientes habituales que pasan cada mañana antes del trabajo, vecinos que estiran las piernas y terminan conversando entre sí, desconocidos que coinciden en la vereda y generan comunidad.
De este modo, el impacto resulta tangible, pues en jornadas tranquilas reciben entre 50 y 70 personas en apenas cinco horas; en días de mayor movimiento, superan las 80 o 90 bebidas servidas, todo gestionado por ellos mismos. Estas cifras, más allá del volumen, evidencian que el street coffee encontró su lugar en la rutina urbana.
De cara al futuro, desde Perro Blanco proyectan crecer sin perder esencia y migrar del coffee car a un coffee truck, sumando opciones rápidas para acompañar. Como meta de fin de año, esperan tostar su primer lote propio, en un país donde las tostadurías de especialidad aún son pocas, marcando así un nuevo hito.
De esta manera, el fenómeno del café en la calle deja de ser una postal extranjera para convertirse en realidad local. Perro Blanco no solo vende café, busca también impulsar una forma distinta de habitar la ciudad, donde una taza puede ser excusa para frenar, conversar y redescubrir el sabor de lo cotidiano.
Foto principal: Perro Blanco