A los 18 años, Paula Roa dejó Paraguay y se mudó sola a Taipéi en uno de los momentos más complejos para la formación internacional. Había terminado el colegio en 2019 y optó por una beca completa del programa MOFA del gobierno de Taiwán, una política pública diseñada para atraer talento joven y formar capital humano en áreas críticas. En 2020, durante la pandemia, llegó al país asiático con un objetivo concreto: estudiar ingeniería electrónica en uno de los sistemas universitarios más rigurosos de Asia.
A esa edad ya se definía como “una persona resiliente y decidida”, impulsada por “una curiosidad constante” que la había llevado a probar disciplinas diversas antes de elegir un camino de largo plazo.
Antes de la ingeniería, Roa pasó por el karate, la natación y la danza. Se formó como bailarina profesional de clásica y danza paraguaya, y en paralelo aprendió a tejer ñandutí, una tradición que define como “una práctica que valoro profundamente”.
“La constancia y el esfuerzo fueron valores muy claros que me inculcaron mis padres”, señala. La matriz funciona como un estándar interno: no garantiza desempeño, pero establece el umbral desde el cual se vuelve posible, y terminó trasladándose sin fricción al plano académico.
Tras unos meses de estudio intensivo de chino mandarín, en 2021 ingresó a la National Taipei University of Technology (Taipei Tech) para cursar Ingeniería Electrónica, atraída por “su gran prestigio tecnológico y educativo a nivel país”. La carrera se dicta íntegramente en mandarín y está estructurada para competir, no para acompañar.

El entorno no estaba diseñado para extranjeros. Roa fue la única estudiante internacional en un departamento altamente competitivo incluso para los estándares taiwaneses. El idioma operó como barrera técnica y simbólica: estaba en las clases, en los exámenes y en la vida cotidiana. “La barrera del idioma estaba en todos lados”, resume, y convertía cada instancia en un examen adicional.
El impacto no fue solo académico. Pasó “de la calidez de mi hogar en Paraguay a compartir un dormitorio universitario en el ritmo acelerado de Taipéi”, gestionando distancia emocional, adaptación cultural y soledad. El margen de ajuste era mínimo.
Aun así, el sistema funcionó. Taiwán ofreció previsibilidad, seguridad y eficiencia. “Es un país muy seguro y conveniente, donde las personas siempre están dispuestas a ayudar”, explica, sintetizando una cultura donde lo 'invisible' – infraestructura, reglas claras, procesos – sostiene lo visible: el rendimiento.
En 2025 culminó la carrera y recibió el certificado de Outstanding Academic Performance, un reconocimiento reservado a trayectorias académicas excepcionales. Para Roa, fue “un honor que premia mi resiliencia y mi valentía”, más que una medalla académica.

Tecnología con propósito
Su trabajo final se enfocó en tecnología de radares aplicada a salud inteligente, específicamente en el monitoreo de signos vitales sin contacto. Es una línea que, según explica, apunta a desarrollar soluciones “que puedan ser realmente útiles para Paraguay”, más que ejercicios teóricos de laboratorio.
La ingeniería, en este caso, no mira al ideal abstracto, sino a la base funcional. “He notado que en Paraguay el sector público tiene muchas carencias tecnológicas si lo comparamos con la eficiencia que viví en Taiwán”, observa. La brecha no es de talento, sino de sistemas. Ahí aparece una oportunidad que no siempre se ve, pero pesa.
Tras graduarse, Roa regresó temporalmente a Paraguay. Define esta etapa como “un detox académico necesario para procesar todo lo vivido y recargar energías”. El foco estuvo en la familia y en el regreso a prácticas como la danza y el tejido de ñandutí, que ordenan identidad y ritmo.
No es una pausa definitiva. “Este descanso es para tomar impulso”, aclara, mientras explora opciones para continuar su formación con estudios de posgrado y cursos de especialización en el exterior. El objetivo es volver “no solo con un título, sino con soluciones concretas” para la gestión pública y la educación.

La inversión silenciosa
Para Roa, la educación internacional es una decisión de alta importancia. “La inversión en educación internacional es estratégica para el futuro del país”, sostiene. Su experiencia funciona como evidencia empírica: con apoyo adecuado, los paraguayos pueden destacarse en instituciones de élite mundial.
El talento existe; la barrera suele ser económica. Por eso insiste en “seguir eliminando las barreras para que el talento no se pierda” y pueda regresar en forma de conocimiento aplicado.
A los estudiantes que miran ese camino con distancia, les deja una consigna: “sueñen en grande y no se limiten”, entendiendo que estudiar en el exterior no es una excepción heroica, sino un proceso que exige disciplina y la decisión consciente de salir de la zona de confort.
Cursar una ingeniería en mandarín, sin red cultural ni lingüística, no construye relato heroico; forja criterio, método y autonomía. “Habrá momentos de soledad y desafíos profundos”, admite Roa, pero también la certeza de que “cada gota de sacrificio vale la pena”.
Al final del proceso, el diferencial no fue el idioma aprendido, sino el que ya traía incorporado. La perseverancia no siempre se ve, pero sostiene todo lo demás.