Belén Cuevas Trinidad Editora de Forbes Women Paraguay
En la fresca textura del barro, el país de la tierra colorada sella su encanto en forma de cerámica. A lo largo y ancho de nuestro territorio, las técnicas de alfarería paraguaya —con raíces guaraníes— sostuvieron tradiciones, familias y expresiones creativas en línea íntegramente matriarcal.
Entre nuestras capitales de la cerámica, Itá tiene un papel privilegiado que, de hecho, se intuye en su sobrenombre “ciudad del cántaro y la miel”. Se asienta sobre un antiguo asentamiento guaraní donde, luego de la conquista, los sacerdotes franciscanos comenzaron a impartir clases de diversas artes manuales y teóricas. En estas reducciones, frailes e indígenas unieron sus conocimientos sobre el trabajo del barro, con el fin de elaborar enseres de cerámica; entre ellos el cántaro (kambuchi), ollas (japepo) y platos (ña'ẽ).
Con el tiempo, la cerámica pasó de ser un elemento únicamente utilitario a convertirse en un puente escultórico que une nuestra cultura con el resto del mundo. Un ejemplo es la obra de Julia Isidrez, artista y maestra artesana nacida en 1967 en la compañía Caaguazú de la ciudad de Itá, cuyas obras recorrieron exposiciones en Alemania, Francia e Italia.
Julia es una ceramista de larga trayectoria que aprendió el oficio de su madre, Juana Marta Rodas, quien a su vez lo recibió de su madre, María Balbina Cuevas. El encuentro del curador y crítico de arte Osvaldo Salerno con ambas artistas, hacia 1975, marcó un hito fundamental en la historia del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, institucionalizando una maestría que hasta entonces circulaba en la intimidad de los talleres rurales.
Hoy, la labor de Julia continúa con la misma intensidad que sus antepasadas, utilizando la técnica de los rollitos de barro, cilindros que dan cuerpo y volumen a sus visiones. Sobre esta herencia viva, reflexiona Lia Colombino: “Desde su otro ser contemporáneo, Julia, junto con su madre Juana, instala en el mundo su gesto feroz. Aquél gesto que han venido repitiendo todas las mujeres de las cuales ella desciende. Un gesto de las manos que rodea el vacío y al mismo tiempo lo resguarda con la forma que su mano elige".
Al ser la única hija de Juana Marta Rodas, para los 17 años, Julia ya se había transformado en la más fiel compañera y asistente creativa de su madre. Por eso, la muerta de Rodas dejó a la artista con una profunda duda existencial: ¿A quién le dejaría como herencia la tradición que había aprendido de las manos maternas?
Tras la partida física de Juana Marta, Julia asumió el rol de guardiana del legado, no solo creativo, sino pedagógico. Desde entonces, en la Casa Taller Juana Marta Rodas, la ceramista recibe a estudiantes y turistas del mundo, para transmitir el valor de un oficio que se siente más vivo que nunca.
Para Colombino, Isidrez supo cómo reformular su estilo a partir de su propia historia, siendo fiel tanto a las enseñanzas maternas como a las tradiciones de las alfareras iteñas que la precedieron. "En el gesto potente de su mano, Julia aparta de ella la visión folklorista y romántica que le endilga la historia y se yergue al lado de los seres que ha creado”, afirma en el ensayo Ellas y el barro: La cerámica de Itá y Tobatí, en 2021.
Mientras su madre solía recrear figuras zoomorfas de la fauna local, Julia expandió el universo alfarero hacia el territorio de lo fantástico, inspirándose desde niña en los insectos y formas orgánicas que observaba mientras pastaba el ganado.
Este sello personal, que transita entre lo ancestral, lo fantasioso y lo extraterrestre, es lo que define su lugar en el arte actual. Sobre este particular estilo, Ysanne Gayet —experta en arte paraguayo y fundadora del Centro Cultural del lago— destaca: “Julia crea piezas singulares y, por más que utiliza técnicas milenarias para realizarlas, la mayoría de sus creaciones poseen formas y líneas dignas de los mejores artistas contemporáneos”.
Así, entre las manos de Julia Isidrez, el barro de Itá deja de ser solo tierra para convertirse en un lenguaje universal. Cada pieza es una frontera que se expande, un umbral que invita a mirar la tradición no como un objeto estático del pasado, sino como una materia plástica en constante evolución, capaz de habitar tanto un museo de vanguardia en Curitiba o Venecia como el rincón más sagrado de nuestra memoria cultural.
Día del Ceramista
La cerámica popular paraguaya es, históricamente, una tradición que se transmitió en línea matriarcal de generación en generación. La artista multidisciplinar Josefina Plá, en sus estudios sobre esta artesanía, expresó: “Las alfareras siguieron siendo mujeres y mujeres hasta hoy son”.
Cada año, el 28 de mayo se recuerda el Día del Ceramista en honor a aquellos maestros que mantienen vivo el milenario arte del barro. Se trata de una festividad internacional que, en Paraguay, reúne a artesanos con sus diversas técnicas y desde todos los puntos del país alrededor de actividades temáticas para fortalecer y difundir su legado.
El Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA) propuso un calendario cultural para honrar la tradición viva de estos maestros artesanos, con actividades desde el 24 hasta el 31 de mayo. Este sábado 30 y domingo 31 se realizará la Feria de Ceramistas del Paraguay, de 9:00 a 19:00 en La Casona de la ciudad de Areguá con acceso libre y gratuito para todo público.
En la actualidad, el IPA cuenta con más de 1600 artesanos ceramistas registrados oficialmente, provenientes de ciudades emblemáticas como Areguá, Itá, Tobatí, Yaguarón y Asunción. Estas expresiones de arte popular se encuentran en un punto privilegiado que las conecta directamente con el circuito del arte contemporáneo. Por ello, hoy por hoy, al hablar de cerámica, nos referimos a los maestros artesanos como verdaderos artistas que redefinen las bases de técnicas ancestrales con la mirada puesta en el futuro.
Es clave destacar que, tradicionalmente, nuestras capitales alfareras son las ciudades de Itá, Tobatí y Yaguarón, donde permanece viva la tradición del ñai'ũpo, que hace referencia a la cerámica trabajada directamente con las manos. Esta técnica tiene orígenes indígenas guaraníes que fueron mezclándose con las experimentaciones posteriores de los artesanos contemporáneos.
Por otra parte, Areguá se destaca como un punto de encuentro comercial, cultural y artístico donde se desarrolla más de una técnica de modelado y acabado. En esta ciudad, es más común encontrar artesanos que trabajan con el torno y que realizan terminaciones en el horno escalonado, a lo que comúnmente conocemos como noborigama.