Cuando la pelota atravesó la red en él último penal y Paraguay lograba así eliminar a la tetracampeona del mundo Alemania la noticia dio vuelta al mundo en pocos segundos, pero para Gustavo Alfaro, Director Técnico de la selección Albirroja aquello fue la confirmación de un proceso que para el grupo llevaba meses construyéndose, pero en su caso más de 16 años cuando soñó con este momento.
En la conferencia de prensa cambio la táctica por las convicciones, los esquemas por la resistencia y las jugadas preparadas por un corazón que late y que sigue vivo. Una idea que repite desde que asumió la conducción del equipo.
Mientras gran parte del análisis suele detenerse en el funcionamiento del equipo dentro de la cancha, Alfaro insiste en que el verdadero trabajo ocurre mucho antes del pitazo inicial. "Las victorias para lo único que sirven es para reafirmar las convicciones", afirmó, para él la victoria simplemente confirma que la idea era la correcta.
El DT da mucha fuerza que la victoria se dio por la confianza y la entrega de los jugadores, algo que según sus palabras se construye desde las derrotas, que lejos de esconderlas se vuelven un aprendizaje. Recordó la caída frente a Estados Unidos como uno de esos golpes que terminan acelerando el crecimiento de un plantel. "Las derrotas enseñan", aseguró, aunque inmediatamente aclaró que solo lo hacen cuando existe la capacidad de sacar conclusiones y transformarlas en herramientas para el futuro. En su visión, perder no representa un fracaso definitivo; el verdadero fracaso consiste en desperdiciar la oportunidad de aprender.
Alfaro no perdió la oportunidad de recordar de dónde vienen sus futbolistas, que en casos como Paraguay son muchas veces el reflejo de una sociedad. Mientras el rival llegaba respaldado por estructuras deportivas de primer nivel, él eligió hablar de la tierra colorada, de los chicos que crecieron jugando descalzos y de los padres que hicieron sacrificios silenciosos para sostener un sueño que muchas veces parecía imposible. No planteó esa comparación para romantizar las dificultades ni para explicar la victoria desde la épica. Incluso reconoció que le gustaría que Paraguay contara con la infraestructura y los recursos de las grandes potencias. Sin embargo, dejó claro que nunca renunciará a esos orígenes porque, según su visión, allí se encuentra la esencia competitiva del equipo.
"A veces todos los padecimientos que sufrió Paraguay dejan marcada la resistencia", explicó.
En esa resistencia encuentra una ventaja que no aparece en ninguna estadística. Considera que quienes crecieron acostumbrados a luchar desarrollan una capacidad especial para mantenerse de pie cuando todo parece perdido. Por eso no le sorprendió que su equipo siguiera creyendo incluso después de desperdiciar dos penales durante el partido. Para Alfaro, ese tipo de respuestas no nacen de una charla motivacional en el vestuario; son el resultado de una identidad que se construyó mucho antes y que se fortalece cada vez que el grupo atraviesa una dificultad.
De hecho, antes de salir a la cancha les pidió una sola cosa a sus jugadores: quería ver entrar a "26 guerreros" abrazados mientras sonaba el himno nacional y que, al abandonar el campo, lo hicieran convertidos en leyendas. Después del partido sintió que ese deseo se había cumplido. No únicamente por el resultado, sino porque el equipo había ofrecido una demostración absoluta de amor propio y convencimiento. "Tenemos un corazón que no se entrega nunca”.