Eugenia Puggioni Directora General WeUp
Por años, la discusión sobre transformación digital estuvo centrada en tecnología, conectividad e innovación. Sin embargo, uno de los desafíos más relevantes de esta nueva era no es tecnológico, sino cultural: la capacidad de gestionar responsablemente la información. La Copa Mundial de Fútbol 2026 volvió a demostrarlo.
Ningún otro acontecimiento concentra semejante nivel de exposición, conversación y producción de contenido en tiempo real. Millones de personas no sólo consumen información: la interpretan, la amplifican y la redistribuyen. En este contexto, un comentario, una imagen o una percepción pueden convertirse en noticia global en cuestión de minutos. Y cuando la velocidad reemplaza a la verificación, el costo puede ser enorme.
El caso Messi: cuando el error informativo deja de ser anecdótico
Hace pocos días, distintos espacios mediáticos difundieron erróneamente la muerte de Jorge Messi, padre del capitán argentino. La información se viralizó con rapidez hasta que la propia familia debió emitir un comunicado oficial aclarando que Jorge Messi se encontraba bajo seguimiento médico y evolucionaba favorablemente. La situación incluso derivó en consecuencias profesionales dentro de algunos medios involucrados.
El episodio dejó una enseñanza contundente: en la era digital, pedir disculpas ya no siempre repara el daño. La confianza pública (uno de los principales activos de cualquier medio, periodista, marca o figura pública) se construye lentamente, pero puede deteriorarse en segundos.
Matías Galarza y el riesgo de convertir percepciones en diagnósticos
Quizás uno de los casos más ilustrativos para Paraguay sea el protagonizado recientemente por el mediocampista paraguayo Matías Galarza.
En la previa de un partido clave de La Albirroja, comenzaron a circular versiones periodísticas que atribuían al jugador un supuesto “bajón anímico” derivado de su situación contractual con River Plate. La narrativa creció rápidamente y fue replicada en distintos espacios hasta que el propio futbolista decidió responder públicamente. Su mensaje fue categórico: negó atravesar una situación emocional que afectara su rendimiento y calificó las versiones difundidas como una “barbaridad”.
El caso revela una discusión mucho más profunda: ¿Es válido que el análisis deportivo incluya la especulación sobre la salud emocional de una persona?
La profesionalización del deporte ha incorporado variables psicológicas como parte del rendimiento de alto nivel. Pero la tendencia a diagnosticar estados emocionales a partir de percepciones, silencios, expresiones faciales o contextos incompletos, como consecuencia de la creciente exposición mediática genera el fenómeno preocupante, debido que la salud mental no puede convertirse en una categoría narrativa. Mucho menos aún, si quien debe salir a desmentir públicamente una interpretación es el propio protagonista.
El nuevo escenario exige una nueva responsabilidad
Las plataformas digitales democratizaron la comunicación, pero también redistribuyeron la responsabilidad. Hoy, periodistas, creadores de contenido, marcas y usuarios participan simultáneamente del mismo ecosistema informativo. Todos producen impacto. Todos influyen. Todos pueden generar consecuencias. Diversas investigaciones internacionales advierten que la desinformación prospera especialmente en entornos altamente emocionales, donde la necesidad de confirmar creencias suele imponerse sobre la búsqueda de evidencia. El deporte, por su capacidad de movilizar emociones colectivas, representa uno de esos escenarios de máxima sensibilidad. Por ello, la alfabetización digital del futuro deberá ir mucho más allá del uso técnico de plataformas. Implicará desarrollar criterio.
Verificar antes de compartir. Diferenciar hechos de opiniones. Comprender contextos. Reconocer límites éticos. Entender que detrás de cada noticia existe una persona, una familia y una reputación. Los casos citados demuestran que el desafío contemporáneo no consiste únicamente en combatir las noticias falsas. El verdadero reto es construir una cultura de responsabilidad digital capaz de equilibrar velocidad, sensibilidad y rigor informativo. El debate ya no debería centrarse únicamente en cómo proteger los datos. También debemos discutir cómo proteger la identidad, la reputación y el valor de la imagen personal. Quienes comprendan primero el valor de la responsabilidad digital estarán mejor informados y preparados para vivir en el nuevo mundo que nos propone que liderar conscientemente, es el valor competitivo de las nuevas generaciones.
La principal vulnerabilidad del ecosistema digital no es tecnológica. Es humana.
Frente a este escenario surge el Proyecto de Responsabilidad Digital de la Organización Filantrópica Ponete el Corazón, una iniciativa que propone repensar la ciudadanía digital desde una perspectiva profundamente humana. La propuesta busca generar conciencia sobre el valor de la identidad, la imagen y la palabra en el ecosistema digital, promoviendo herramientas de autorregulación, educación emocional y responsabilidad colectiva. En una era donde la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para comprender sus consecuencias, Ponete el Corazón plantea una premisa simple pero transformadora: antes de publicar, compartir, comentar o juzgar, volver a poner el corazón en el centro. Porque construir un entorno digital más seguro, empático y consciente ya no es sólo responsabilidad de gobiernos o plataformas; es una decisión cotidiana que nos involucra a todos.