Cuando Montserrat Garcete regresó a Paraguay después de años viviendo en el exterior, no tenía claro en qué sector iba a establecerse. Probó con la ganadería, con la construcción familiar, con licitaciones para el Estado. Ningún camino terminaba de convencerla. Hasta que llegó a Piql, una empresa de origen noruego con 17 años de presencia en el país, dedicada a algo que parecía alejado del bullicio tecnológico cotidiano: la preservación de datos a largo plazo. Lo que empezó como un trabajo de ventas se convirtió en una vocación. Hoy, como Business Developer, es una de las caras visibles de una tecnología que, según ella, todavía no recibe la atención que merece.
Piql trabaja con una tecnología que combina microfilm con código binario encriptado. El resultado es una cinta física, parecida a la del cine tradicional, capaz de almacenar hasta 120 megabytes de información, lo que equivale a entre 65.000 y 70.000 archivos. Cada documento queda registrado en su formato original, certificado y recuperable durante generaciones, sin depender de plataformas digitales que pueden ser hackeadas, actualizadas o simplemente desaparecer.
"Todo lo que vos hacés de forma digital mañana puede desaparecer. O sea, todo tu trabajo de 10 años en un click se te puede ir", explica Garcete. Un teléfono quemado, una copia de seguridad sin actualizar, un año entero de vida borrado de un instante a otro. Es el ejemplo personal con el que abre cualquier conversación sobre el tema, porque considera que la mejor manera de explicar la importancia de preservar es hacerlo desde lo cotidiano.
La propuesta de Piql no es reemplazar la digitalización, sino darle un paso siguiente que hoy casi nadie da: preservar lo digitalizado. Las cintas se guardan en bóvedas físicas, en condiciones controladas de temperatura y humedad. Para los archivos de mayor relevancia, existe además un acuerdo con la Bóveda del Ártico, una instalación en Noruega donde organizaciones como la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) ya están depositando patrimonio documental de distintos países. En febrero pasado, una caja con datos de Paraguay realizó ese viaje.
El Estado es el principal destinatario al que apunta la empresa. El registro civil, las gobernaciones del interior, los archivos judiciales: todos son ejemplos de instituciones que manejan información crítica sobre la historia y los derechos de las personas, y que aún operan con sistemas frágiles. Garcete recuerda haber visitado gobernaciones donde la misma persona podía solicitar y recibir ayuda social más de una vez sin que nadie lo registrara, simplemente porque no existía una base de datos confiable. "Ahí te das cuenta que pasar a la digitalización y a la preservación es muy importante", señala.
Pero Garcete no solo trabaja en el presente de la tecnología. También mira hacia atrás, hacia una historia llena de ausencias. En sus propias palabras, fue en el proceso de aprender sobre preservación cuando empezó a preguntarse qué vale la pena guardar, y para quién. Y esa pregunta la llevó inevitablemente a otra: ¿qué y quiénes han quedado fuera de la historia?
La respuesta no la sorprendió, pero sí la indignó. Las residentes de la Guerra de la Triple Alianza, las mujeres que sostuvieron al Paraguay mientras los hombres morían en el frente, tienen apenas una mención en los libros de texto. Francisco Solano López ocupa cuarenta páginas; ellas, una. Y si uno sale del contexto local y pregunta quién inventó el Wi-Fi o quién fue la primera programadora de la historia, el silencio suele ser la respuesta más frecuente.
No fue ningún ingeniero anónimo: fue Hedy Lamarr, actriz de Hollywood y científica, cuyo trabajo en comunicaciones cifradas sentó las bases del Wi-Fi y el Bluetooth modernos. No fue un hombre con gafas en un laboratorio: fue Ada Lovelace, matemática del siglo XIX, reconocida como la primera programadora de la historia. Sus nombres no están grabados en monumentos ni en los libros escolares con la misma prominencia que los de sus contemporáneos masculinos.
“Nadie habla de esas mujeres. No tenemos ni idea de quién armó la primera programación. La gente piensa que la tecnología, la inteligencia artificial, todo eso, es un espacio netamente masculino”, menciona.
Esta invisibilidad histórica coexiste, sin embargo, con una realidad diferente en el día a día de muchas organizaciones tech. En Piql Paraguay, el equipo está conformado casi en su totalidad por mujeres. Garcete describe un ambiente de apoyo mutuo y colaboración que, según ella, representa un cambio real respecto a dinámicas laborales anteriores. "Antes teníamos ese concepto de competencia entre mujeres. Hoy de a poco hay más solidaridad", reflexiona. No idealiza: reconoce que en muchos ámbitos los prejuicios persisten y que las redes sociales son espacios donde esos juicios siguen circulando con facilidad. Pero también observa un cambio generacional que, aunque lento, es visible.
El recorrido de Montserrat Garcete, desde múltiples intentos laborales hasta encontrar su lugar en una empresa de preservación digital, condensa algo que va más allá de una historia personal. Es también la historia de cómo una mujer en un país en desarrollo, con pocas referencias femeninas en el mundo de la tecnología, construye su propio camino a fuerza de curiosidad, estudio y compromiso con algo que cree genuinamente necesario.