Fue el primer empleado de SpaceX, ayudó a llevar a Elon Musk al espacio y ahora quiere crear los “taxis” del universo
Tom Mueller diseñó los motores que hicieron posible una nueva era de cohetes reutilizables. Hoy impulsa una red de entregas orbitales que promete redefinir la logística fuera de la Tierra.

Tom Mueller maneja su Porsche Taycan Turbo S color verde caramelo como si construyera motores de cohete: con una cantidad aterradora de empuje instantáneo y sin prestar demasiada atención a los límites de velocidad de El Segundo. Avanza hacia el oeste por Marine Avenue, atraviesa la luz del sol teñida por el smog del corredor aeroespacial de South Bay en Los Ángeles y habla sobre las limitaciones de la Tierra.

"Si seguimos creciendo al ritmo actual, vamos a terminar agotando todos los metales y toda la energía", afirmó Mueller, de 65 años, especialmente preocupado por la demanda energética de los centros de datos de IA. "Para 2045, solo la computación necesitaría toda la energía que hoy genera el mundo. El crecimiento exponencial puede agotar los recursos de la Tierra", advirtió.

Detrás de sus lentes de sol envolventes y reflectantes, Mueller detecta un hueco en el tráfico de la tarde. Su deportivo eléctrico acelera de 0 a 100 km/h en 2,3 segundos, y Mueller parece ansioso por demostrarlo. "Acá es donde aceleramos", dice, mientras pisa el acelerador a fondo. El torque nos golpea como un impacto físico y nos pega contra los asientos de cuero, mientras Mueller suelta una carcajada. 

"La Luna y los asteroides cercanos a la Tierra contienen miles de millones de toneladas de metal, silicio, agua y hielo. Por eso tenemos que empezar a aprovechar esos recursos", continuó momentos después, ya detenido ante un semáforo en rojo. "Puede parecer un poco descabellado hacerlo ahora porque todavía no desarrollamos la economía espacial. Todavía no llegamos a ese punto", reconoció.

Tom Mueller dejó SpaceX cuando el desafío ya no era llegar al espacio, sino moverse dentro de él con velocidad. (Foto: Ethan Pines para Forbes)

Esa es la apuesta de Impulse Space, la startup con sede en Redondo Beach que Mueller fundó en 2021, pocos meses después de dejar SpaceX. Así como SpaceX domina el mercado global de lanzamientos, Impulse quiere liderar la próxima frontera: la "movilidad espacial", es decir, el transporte de satélites, carga y, eventualmente, personas una vez que los cohetes los dejan en órbita. Sus naves no despegan desde la Tierra: viajan a bordo de plataformas de lanzamiento como las de SpaceX, luego se separan y trasladan cargas útiles entre órbitas y, algún día, según espera Mueller, hacia la Luna, Marte y más allá.

El principal atractivo de Impulse no pasa solo por su capacidad para transportar objetos en el espacio, sino por la velocidad con la que puede hacerlo. Al igual que el Porsche completamente eléctrico de Mueller, la mayoría de los satélites utiliza sistemas de propulsión eléctrica

Pero, a diferencia de su auto, esas naves espaciales avanzan lentamente: la mayoría de los satélites tarda entre seis y doce meses en pasar de la órbita baja terrestre, ubicada a unos cientos de kilómetros sobre la Tierra, a la órbita geoestacionaria, a más de 35.000 kilómetros de altura. Impulse asegura que su nave espacial reducirá ese trayecto a un día gracias a sus motores químicos, alimentados por metano líquido y oxígeno líquido; el equivalente cósmico a cambiar barcos por aviones.

"Lo que nos diferencia de otras naves espaciales es que, al despegar, aproximadamente la mitad de nuestra masa corresponde al propelente, lo que nos permite movernos con rapidez", afirmó Mueller. Además, aseguró: “Nuestros clientes buscan velocidad”.

La propuesta de Mueller llega en un momento en que el sector espacial atrae más capital que nunca. Las proyecciones indican que el gasto global en el espacio pasará de aproximadamente US$ 600.000 millones el año pasado a US$ 1,8 billones en 2035, mientras que los inversores de capital de riesgo inyectaron una cifra récord de US$ 55.300 millones en startups espaciales el año pasado. 

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Esta semana, SpaceX apunta a recaudar US$ 75.000 millones en una salida a bolsa sin precedentes, con el objetivo de alcanzar una valuación de US$ 1,8 billones. En comparación, Impulse, una compañía mucho más pequeña, recaudó más de US$ 1.000 millones y, a comienzos de este mes, alcanzó una valuación de US$ 4.300 millones. Mueller, por sus participaciones en SpaceX e Impulse, ingresó a la lista de multimillonarios de Forbes y ahora tiene una fortuna estimada en US$ 1.700 millones.

Pero Impulse no compite solo contra sus rivales. También compite contra el propio mercado: apuesta a que los satélites, las misiones lunares y las cargas militares necesitarán transporte rápido lo suficientemente pronto como para justificar los cientos de millones de dólares que Mueller invierte en naves espaciales diseñadas para una economía espacial que todavía está en desarrollo.

"Nadie sabe cómo serán estos mercados", afirmó el analista espacial Chris Quilty. "Son mercados que todavía no existen", advirtió.

Los inicios de Tom Mueller y su llegada a SpaceX

Nacido en Saint Maries, Idaho, un pueblo maderero de 2.500 habitantes ubicado a una hora al sur de Coeur d’Alene, Mueller creció andando en motocross con sus primos y aprendiendo sobre la industria maderera de la mano de su padre, quien trabajaba como leñador. 

En la secundaria, ahorró dinero reponiendo cajas en el supermercado local para comprarse su primer auto, un Triumph Spitfire de 1977, cuyo motor disfrutaba reparar. Impulsado por un profesor de matemáticas de la secundaria, Mueller estudió ingeniería mecánica en la Universidad de Idaho. "Venía de orígenes modestos", recuerda el profesor jubilado Terry Precht, oriundo de Idaho, que compara el pueblo natal de Mueller con los Apalaches. "Sabía cómo salir adelante porque es un constructor", destacó.

En 1985, Mueller se mudó a Los Ángeles para sumarse al conglomerado aeroespacial TRW como ingeniero de propulsión y energía. Ganó experiencia en la división de cohetes durante la campaña de US$ 30.000 millones del entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, equivalente a US$ 90.000 millones actuales, destinada a desarrollar armamento espacial

Con abundante financiamiento del Gobierno, científicos e ingenieros como Mueller podían experimentar. "Trabajé en todo tipo de proyectos descabellados", recordó, mientras enumera los químicos que usó para impulsar cohetes y que hoy enfrentan regulaciones estrictas.

Aun así, Mueller se frustró con la burocracia excesiva que implicaba trabajar en una corporación de 100.000 empleados. "Quería ir más rápido. Sentía que todo se diseñaba en comité y que había demasiada gente en ese comité", recordó. Además, reconoció: “Tenía espíritu emprendedor, pero no lo sabía”.

Encontró su vía de escape en la Reaction Research Society, un peculiar grupo de ingenieros profesionales que pasaban los fines de semana atornillando motores caseros a remolques en los lechos secos de los lagos del desierto de Mojave. Para 2002, Mueller experimentaba con un enorme motor de casi 6.000 kilos de empuje en un depósito de El Segundo. Allí, un consultor llevó a Musk, que venía de un intento fallido de comprar misiles balísticos intercontinentales rusos, para que viera el trabajo de Mueller. 

"¿Podés construir algo más grande?", le preguntó Musk a Mueller, que pronto dejó TRW para convertirse en el primer empleado de SpaceX.

En SpaceX, Mueller se convirtió en el principal constructor de motores de Musk. Como primer empleado de la compañía, lideró el desarrollo del motor Merlin, que impulsa el Falcon 9, el cohete más utilizado de SpaceX. Según el American Enterprise Institute, ese vehículo representó el 52% de todos los lanzamientos globales y el 84% de todos los despliegues de satélites en 2024. 

También supervisó el desarrollo de la propulsión de Dragon, la cápsula de SpaceX que transporta carga y astronautas a la Estación Espacial Internacional. Para cuando dejó la compañía en 2020, después de que SpaceX ya hubiera resuelto en gran medida el problema de poner cargas útiles en órbita, Mueller pensaba en cómo mover satélites una vez que los cohetes los liberaran.

La fórmula de SpaceX aplicada a una nueva escala

La respuesta toma forma en la planta de 5.574 metros cuadrados que Impulse tiene en Redondo Beach, donde cientos de ingenieros supervisan impresoras 3D que procesan aleaciones metálicas dentro de cámaras de vidrio y prueban propulsores al rojo vivo en cámaras de vacío selladas. 

Además de los motores y el chasis, Impulse fabrica internamente su propia aviónica resistente a la radiación (computadoras de vuelo diseñadas para soportar el entorno espacial), así como tanques de combustible y antenas de banda X para comunicaciones militares. Los equipos apilan componentes a medio terminar en estantes, donde esperan pasar a la siguiente etapa del proceso de ingeniería. Impulse, al igual que SpaceX, quiere fabricar todo puertas adentro.

"Una vez que lográs la integración vertical, tenés más control sobre tus costos, tus tiempos y tu calidad", dijo Mueller desde su escritorio. Detrás de él, una biblioteca reúne libros de texto como Análisis y diseño de misiones espaciales y Actuadores y sensores magnéticos. Mueller mira un cuaderno de papel cuadriculado lleno de diseños garabateados de piezas de motor. 

"Empiezo con bocetos, después suelo pasar al CAD (diseño asistido por computadora) y luego a la construcción", explicó. Como director de tecnología, Mueller lidera el diseño de los nuevos sistemas de propulsión de Impulse. También fabrica prototipos de piezas de encendido en el garage externo de su casa, donde guarda una colección de autos deportivos y motos de motocross. Ese espacio personal de Mueller es "donde nacieron muchas ideas y prototipos para Impulse", señala Drew Damon, uno de los muchos ingenieros de Impulse que antes trabajaron en SpaceX.

El programa interno de Impulse dio como resultado dos vehículos principales: Mira, para misiones más pequeñas cerca de la Tierra, y Helios, para cargas más pesadas hacia órbitas más altas. Mira, una nave del tamaño de un caballo que parece una tostadora con alas de paneles solares ya completó tres misiones. Helios, el vehículo más grande de Impulse, se asemeja a un tanque de agua futurista y apunta a transportar cargas útiles de hasta cuatro toneladas desde la órbita terrestre baja hasta la órbita geoestacionaria, una distancia de más de 32.000 kilómetros, en menos de 24 horas. La compañía prevé que Helios complete su primera misión en 2027.

Las dos primeras misiones de Mira de Impulse, a fines de 2023 y comienzos de 2025, se desarrollaron sin contratiempos: lograron un ascenso orbital récord de 150 kilómetros, un encuentro con otro satélite en órbita y el despliegue de los CubeSats (minisatélites) de sus clientes en los planos orbitales previstos. 

En Impulse, Mueller replica una obsesión heredada de SpaceX y fabrica puertas adentro para moverse más rápido que el mercado. (Foto: Instagram @GoToImpulse)

Durante la tercera misión de Mira, a comienzos de este año, un problema técnico hizo que los sensores estelares del vehículo generaran mediciones con ruido. Eso engañó a la computadora de vuelo, que corrigió de más y, en un intento por estabilizarse, llevó a Mira a acelerar a fondo hasta quedarse sin combustible. Por suerte, la nave ya había completado el despliegue de sus satélites.

A pesar del traspié, nadie cuestiona la capacidad de ingeniería de Mueller ni la calidad del equipo de Impulse. La pregunta más importante es si la economía espacial crecerá lo suficientemente rápido como para absorber la capacidad que Impulse construye a un costo tan alto.

Por ahora, el Gobierno de Estados Unidos impulsa la mayor parte de la demanda de Impulse, como suele ocurrir en la industria espacial. La Fuerza Espacial de Estados Unidos solicitó US$ 71.000 millones para el año fiscal 2027, un aumento del 77% frente a los niveles actuales, mientras el Pentágono adopta una postura mucho más agresiva en el espacio. 

Esa estrategia incluye Golden Dome, el sistema de defensa antimisiles de US$ 175.000 millones propuesto por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. En paralelo, la NASA afirma que planea establecer una base permanente en la Luna antes de que termine la década. Impulse aprovecha esa tendencia: hasta la fecha, consiguió casi US$ 400 millones en contratos, cuya "abrumadora mayoría" proviene del gasto público, según Eric Romo, presidente de Impulse. Romo comenzó su carrera como becario de MBA en SpaceX, antes de fundar y vender varias empresas y trabajar en Facebook.

En el frente comercial, mucho depende del enorme cohete Starship de SpaceX, que puede transportar hasta seis veces más carga que el Falcon 9, pero sufrió contratiempos técnicos. Para startups como Impulse, la ecuación resulta simple: más capacidad de lanzamiento implica más satélites en órbita y, por lo tanto, más demanda para moverlos una vez que llegan allí. Starship completó apenas cinco lanzamientos el año pasado, y los tres primeros terminaron en fracaso. Eso todavía queda lejos de la visión de Musk de lanzar Starships cada hora para 2029. "Estamos preparados para operar bien con o sin Starship", comentó Romo.

Helios es la gran apuesta de Impulse para llevar cargas pesadas a órbitas altas en menos de 24 horas. (Foto: Instagram @GoToImpulse)

También existe una amenaza potencial: la propia SpaceX. El fabricante de cohetes tiene capital suficiente para construir sus propios vehículos de servicio orbital. ¿Entrará algún día SpaceX en el terreno de Impulse? Mueller no se inmuta. "No me preocupa, pero ¿quién sabe?", bromeó. "Elon solo pensaba en Marte. Después dijo: 'Bueno, vamos a crear Starlink para ayudar a financiar Marte'. Y después eso se convirtió en servidores de datos. Las cosas cambian", reflexionó.

A pocos kilómetros de la fábrica de Impulse, la pregunta sobre qué hará SpaceX ya dejó de ser meramente teórica. Mueller maneja su Porsche frente al campus de SpaceX en Hawthorne, donde un cohete Falcon 9 retirado se alza en una esquina como un tótem de acero blanco que apunta al cielo.

"No siento nostalgia", dijo Mueller. Este ingeniero de toda la vida está demasiado ocupado optimizando el presente. Eso incluye planificar meticulosamente este viaje vespertino al pasado, con solo giros a la derecha. "En hora pico, algunos de estos giros a la izquierda requieren dos semáforos", explicó, mientras observaba la intersección. "Trabajando en SpaceX, aprendí que hay que planificar la ruta con cuidado", concluyó.

*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com.