El Centro Cultural del Lago inaugura muestra sobre la familia de la ceramista Keka Zaldívar
Desde mañana 12 de abril, en el Centro Cultural del Lago, estará disponible la muestra “De la tierra y el tiempo”, que reúne las obras de tres generaciones de la familia Zaldívar. El legado de este núcleo familiar comienza con la recordada ceramista sanlorenzana Keka Zaldívar y se extiende por varias generaciones que trazan caminos en diversas disciplinas creativas.

Belén Cuevas Trinidad Editora de Forbes Women Paraguay

Existen nombres que se escriben en el tiempo con la misma persistencia con que se fija el esmalte en una pieza de cerámica. La llama inicial de esta familia es precisamente Arminda Angélica Rolón de Zaldívar, más conocida como Keka Zaldìvar.

Docente y ceramista de gran talento y creatividad, las huellas de Keka trascendieron a su fallecimiento en 2015. Después de ella, las siguientes generaciones de los Zaldívar crecieron entre materiales, conversaciones e ideas que los llevaban hacia la curiosidad.

Mañana, domingo 12 de abril, se inaugura oficialmente la exhibición De la tierra y el tiempo, una oportunidad de acceso libre y gratuito para observar la herencia artística de Keka. La muestra será en el Centro Cultural del Lago —ícono indiscutible de la ciudad de Areguá— y reunirá las obras de los artistas Marité Zaldívar, Amelí Schneider Zaldívar, Juan José Ivaldi, Jimena Zaldívar y Guillermo Zaldívar.

Como un anticipo del viaje emocional que vivirá el espectador en la muestra, la familia comenta que, para ellos, la creatividad es un lazo invisible que sostiene sus vínculos. “En esta familia, el arte nunca fue una actividad, sino un modo de vida. No fue algo añadido, sino nuestro núcleo”, comentan.

Juan Florenciañez, quien redactó el texto curatorial de la muestra, nos ofrece esta definición: “Lo que aquí se presenta no es un legado cerrado, sino una genealogía creativa en plena actividad”.

Keka Zaldívar. Fuente: Gentileza de la familia Zaldívar.

Crecer con Keka

Si todos los integrantes de esta familia crecieron entre materiales, formas y experimentación artística fue por su matriarca y no hay nadie mejor para dibujar este paisaje que su propia hija, Marité Zaldívar. 

“Crecí en un entorno natural, en una granja, hasta los 11 años, lo que marcó profundamente mi sensibilidad. Luego llegaron la danza, durante seis años, y el estudio de música y guitarra. Más adelante, pasé por el Instituto de Bellas Artes y di mis primeros pasos en la escultura de la mano y el espíritu de libertad del gran maestro escultor Germán Guggari. Allí comencé a formarme también con Keka Rolón de Zaldívar, mi madre”, relata la maestra.

Desde el pasado 2025, los integrantes de esta familia buscan extender el legado de Keka a través de exposiciones colectivas. Una de ellas fue De la K a la Z, precisamente, a comienzos del año anterior. Ahora, una nueva exposición los traslada al Centro Cultural del Lago porque, para ellos, la experiencia de crecer entre expresiones artísticas es algo que se debe compartir. 

“Esta exposición significa sostener un espíritu de fraternidad que se construye a través del arte. En mi caso, además, implica haber compartido el camino creativo con mi madre, lo que le da a ese legado un valor aún más íntimo y significativo”, cuenta Marité. 

La cerámica es la raíz de toda la exposición, al haber sido el material expresivo de Keka.”Ocupa un lugar central, no solo como técnica, sino como un medio de conexión con la tierra, con lo esencial y con los procesos orgánicos de creación”, interviene la artista. 

De la raíz creativa de la recordada Keka Zaldìvar surgieron múltiples vocaciones: “Cada integrante de la familia desarrolló su propio camino. Carlos Augusto se volcó al piano; Elsa María y Marta Liz al arpa; una de mis hermanas continúa con el canto y la guitarra. José Luis se dedica a la guitarra clásica, Juan Manuel al canto y la guitarra con su grupo Arakatú, junto a sus hijos; y María Angélica Pauline a la danza”, detalla Marité.
 

Obra de Marité Zaldívar. Fuente: Gentileza de la familia Zaldívar.

Marité Zaldívar (hija de Keka)

Para Marité, la herencia no es una repetición de moldes, sino una pulsión vital. Al profundizar en su proceso creativo, ella misma define ese espacio donde la técnica cede ante el sentimiento: “Mi sello no está en la forma, la técnica, el material ni en un concepto cerrado. Mi propuesta personal reside en el movimiento de mis manos y en la expansión del amor y la armonía, que se manifiestan a través de los impulsos del momento."

Esa búsqueda de equilibrio se materializa en las piezas que hoy habitan la sala del Centro Cultural del Lago. Se trata de una producción que dialoga con lo primigenio pero desde una mirada estrictamente contemporánea. “Presento obras de cerámica realizadas con tierras naturales, cocidas a 1100 °C”, detalla la artista. Son creaciones que palpitan con la frescura de lo inmediato: piezas gestadas íntegramente durante este 2026, especialmente para esta muestra, reafirmando que el legado de los Zaldívar es un cauce que sigue sumando nuevas y vigorosas aguas.

Obra de Marité Zaldívar. Fuente: Gentileza de la familia Zaldívar.

Amelí Schneider Zaldívar

Desde la perspectiva de Amelí Schneider, la creación es un acto de despojo y revelación donde el control cede ante la voluntad de la materia. Su obra no busca la perfección del diseño previo, sino la verdad que surge en el proceso. “Mi trabajo nace de la intuición y la experimentación como formas de construir un lenguaje propio, más allá del material”, explica. Bajo una lógica del error como camino de descubrimiento, prescinde de bocetos para abrazar un gesto primario: “soltar la materia como origen”, permitiendo que el barro y los pigmentos generen tramas donde se inscriben las huellas y tensiones del movimiento.

En esta muestra, esa filosofía se materializa en 28 obras de pequeño formato que invitan a un diálogo íntimo. La serie “Tramas” presenta placas cerámicas de texturas construidas mediante repeticiones manuales e imperfectas que conversan con dibujos en grafito, mientras que “Mi Tierra” propone pinturas matéricas realizadas con pigmentos naturales. Son piezas gestadas en los últimos tres años que proponen una síntesis hacia lo esencial, continuando una línea de trabajo que hoy encuentra su madurez en las salas del Centro Cultural del Lago.

Este recorrido artístico es, a su vez, un regreso al hogar. Su vínculo con la arcilla se nutrió en la infancia, habitando el taller de su madre, Marité Zaldívar, y descubriendo luego el universo de su abuela, Keka. Sin embargo, Amelí consolidó su propia voz tras quince años como tallerista y una formación clave en los talleres del Instituto Guimarães Rosa. “Esta exposición reúne y expande ese proceso”, afirma.

Obra de Amelí Schneider. Fuente: Gentileza de la familia Zaldívar.

Guillermo Zaldívar

El artista entiende la cerámica como un diálogo con un organismo pulsante. Para él, el barro es "materia viva" que exige un dominio absoluto del tiempo y la espera. "Mi sello diferencial está en que cada obra es irrepetible", afirma el artista, cuya propuesta entrelaza la herencia de su abuela, Keka, con una búsqueda técnica rigurosa dentro de las artes visuales. En su proceso, la deshidratación se convierte en una herramienta de control que le permite intervenir, esculpir y transformar la pieza mediante el torno, moldes o placas, hasta que decide que la forma está lista para enfrentar el fuego.

Esa búsqueda de singularidad se profundiza en la alquimia de sus esmaltes, donde utiliza minerales y materia orgánica para crear superficies que desafían la producción en serie. Al someter sus piezas a temperaturas de 1250 °C, Guillermo abraza lo inesperado: el comportamiento variable de sus recetas genera acabados que son, por naturaleza, imposibles de duplicar. “Aunque uno puede anticipar ciertos comportamientos, cada quema implica un juego con lo impredecible; la temperatura y las reacciones de la composición terminan de definir cada obra”, explica.

En las salas del Centro Cultural del Lago, la selección de Guillermo funciona como una antología personal. La muestra reúne obras que recorren distintas etapas de su camino, desde sus primeras exploraciones hasta piezas de factura reciente que incorporan nuevas fórmulas de esmalte. Es un tránsito que permite al espectador apreciar la evolución de su técnica y esa constante fascinación por el momento en que la materia deja de ser moldeable para convertirse en un objeto eterno y único.

Obra de Guillermo Zaldívar. Fuente: Gentileza de la familia Zaldívar.

Juan José Ivaldi Zaldívar

Para el artista, la fotografía no es un acto de captura, sino una forma de escucha. “No me interesa tanto imponer una mirada sobre lo que fotografío, sino crear las condiciones para que algo aparezca”, reflexiona el artista. Para Juan José, fotografiar es una aproximación respetuosa hacia el cuerpo o el paisaje, una atención lo suficientemente profunda como para que el sujeto revele su propia esencia, moviéndose siempre en esa frontera sutil entre lo visible y lo que apenas se insinúa.

Esa búsqueda de misterio y vibración emocional se traduce en una obra donde la naturaleza y el ser humano no son simples decorados, sino entidades vivas cargadas de estados de ánimo. Su trabajo se nutre de la confianza y el encuentro, otorgando a la fotografía una dimensión humana y afectiva que trasciende lo puramente estético. “Hoy hay algo muy importante en mi manera de fotografiar que tiene que ver con el respeto”, explica.

Ya sea a través de retratos, paisajes o fragmentos de superficies orgánicas, su producción mantiene una unidad coherente ligada al tiempo y a la memoria. En el fondo, su exploración es una sola: la búsqueda de un lugar dentro de la imagen, una explicación o quizás el rastro de una herida.

Obra de Juan José Ivaldi. Fuente: Gentileza de la familia Zaldívar.

Jimena Zaldívar

La artista concibe el dibujo es una herramienta de introspección y una forma de cartografiar la identidad desde la distancia. En esta muestra, presenta seis obras inéditas que actúan como retratos metafóricos, donde el lápiz de color se convierte en el lenguaje para nombrar lo que parece inefable. "Tres de ellas fueron hechas en 2019, en Buenos Aires; son el inicio de esta búsqueda", explica. Para Jimena, estar lejos de casa fue el catalizador para preguntarse sobre sus raíces y qué significa ser paraguaya: "Ahí empecé a notar con más claridad lo heredado, lo aprendido, lo que estaba en mí sin haberlo elegido del todo".

Esa exploración sobre el linaje se manifiesta en un tríptico dedicado a sus abuelos, donde las plantas sustituyen a la figura humana para acercarse a su esencia de una manera no representativa. Las piezas restantes continúan ese gesto, pero ya no se centran únicamente en los ancestros, sino en cómo esos legados y formas de mirar habitan en ella. "Se trata de cómo esas ideas me atraviesan, cómo conviven conmigo y también cómo se transforman", reflexiona, dejando en claro que su obra es un proceso vivo que hoy se expande hacia otros lenguajes, incluyendo una experimentación audiovisual aún en gestación.

En el contexto de la exposición, estos dibujos funcionan como desbordes de una búsqueda que se mantiene abierta y en constante mutación. Son piezas que respiran por primera vez ante el público, ofreciendo una mirada sensible sobre la herencia familiar entendida no como una carga estática, sino como un material maleable. A través de estos trazos, Jimena propone un diálogo entre el pasado que la constituye y el presente que ella misma construye, utilizando el arte como un puente para entender lo que permanece cuando todo lo demás cambia.

Obra de Jimena Zaldívar. Fuente: Gentileza de la familia Zaldívar.